miércoles, 30 de noviembre de 2016

Confesiones de un amo de casa frustrado, capítulo 4.

 

Necesito escribir algo. O quizá debería decir que necesito "escupir" algo aquí, sin pensar ni corregir, que la psicóloga me sale muy cara. Bueno, tampoco dramaticemos. Necesito escribir, ya está. Hay cosas peores. Si este blog necesita un hilo conductor, me temo entonces que me he equivocado. No puede haberlo. ¿Qué he de hacer, contar todo lo que me ha pasado desde la última vez que me confesé (cap 1, 2 y 3)? Joder, va a ser que no. Acabé mi trabajo de bibliotecario eventual, comencé otro recogiendo muebles viejos y llevándolos a una planta de reciclaje que casi acaba conmigo (la prótesis de corazón, el aneurisma y mis cuarenta y dos ganaron la partida). El sueldo era ridículamente insultante. Mi compañero de camión era un ser encantador llamado Demetrio; él sí que tenía la vida destrozada: ruina económica, abandonado, intentos de suicidio, depresión, ingresos, medicado hasta las trancas. Cuando le dije que tenía que dejarlo y me miró triste y me dijo que le venía bien trabajar conmigo, como a veces se hablan los hombres rotos, queriendo un abrazo, necesitando una mano en el hombro pero sin poder hacerlo, casi me echo a llorar. Sentirse miserable es incompatible con seguir vivo, y de eso se trata en mi caso. Bajar dos tresillos y un frigorífico de un segundo sin ascensor me pusieron al borde del colapso, y mi pequeño Pavel me necesita entero, o yo necesito estar entero a su lado, que no es exáctamente lo mismo. Esos pocos días cargando y descargando cocinas desmontadas, somieres, armarios, frigoríficos, en definitiva, mierda, por un salario miserable me jodieron el subsidio que me correspondía por lo de los dos seis meses a saltos en dos años de  la biblioteca, pues si lo pido, la cantidad se calcula con la nómina del último contrato. El de la oficina me miró con cara de, "tú verás, pero si lo pides ahora, lo pierdes todo". Así que lo guardo. Tampoco tengo muchas esperanzas de encontrar algo pronto (por eso cogí lo de los muebles). 

Ayer me llamaron de la misma empresa para ofrecerme un puesto en otra planta de reciclaje a una hora en coche de mi casa (dos en total), en Titulcia, con el mismo sueldo de mierda, y la mujer que me llamó se enfadó porque le dije que no, que físicamente no puedo y que en esas condiciones, por ese dinero, como que no. Pues se enfadó, soltándome eso de "pero si es trabajo... no tendrás tantas ganas de trabajar entonces...". Hija de puta. 

La cosa va así. 
Empresas, básicamente ayuntamientos o empresas públicas, se ponen en contacto con otra que tiene un listado de personas con discapacidad para contratarlas, es decir, subcontrata de subcontrata, una empresa de trabajo temporal pero con "cariz" social, que así la cosa de explotar no resulta tan evidente. La empresa primera (el ayuntamiento) cierra un presupuesto con la que tiene a los discapacitados y ésta los pone a trabajar. Por el camino vuelan las ayudas sociales a la contratación de colectivos desfavorecidos (que se las queda la subcontrata) más una parte de cada sueldo. En el papel suena muy bien e incluso puede resultar legal; palabras como inserción suenan de un lado y otro; políticos que sacan pecho por su labor gastando dinero público sin ningún tipo de control y el empresario subcontratante que gana dinero sin hacer prácticamente nada. Sobre el terreno tienes a gente con un arco de discapacidades amplio (desde sordos, cardiópatas o personas sin varias falanges hasta discapacitados intelectuales y personas con serios problemas psíquicos medicados de tal manera que están cognitivamente desactivados) haciendo trabajos de muy distinta índole (barriendo, podando o en cadenas de reciclaje de hierro sin controles de seguridad) por cuatro euros. Sin embargo seis de los diez destinados se han quedado por el camino de forma legal. ¿Que tu discapacidad no te permite desempeñar lo que te ofrecen? No te preocupes, en el contrato te ponemos como conductor para que la Seguridad Social no te diga nada, pero ya verás como luego no es tan complicado y lo haces bien, que al no ser un trabajo cualificado está tirao. Si por algún casual te da un infarto o tienes un accidente resultará que es que, vaya, pobrecito, no estabas bien de salud y tampoco eras muy espabilao. Aún funciona la condescendiente identificación entre discapacitado y "tontito", y utilizo "tontito" porque así nos llamó una amable mujer cuando llamamos a su puerta para llevarnos un frigorífico viejo y nos contestó "ah, qué bien, el ayuntamiento ha vuelto a poner en marcha lo delos tontitos",, así, tal cual... Normalmente todo el mundo se refiere a nosotros como minusválidos y no como discapacitados, y la cosa tiene las connotaciones que tiene. Si como, en mi caso, por fuera no se te nota nada, entonces es que o eres "tontito" o un caradura que exagera lo que tiene. 

Luego pasa que, después de llenar la furgoneta de muebles viejos, sucios y malolientes, la amable anciana dueña de la casa donde has ido a deslomarte quiere darte un par de euros de propina para un café y tu le dices que no aceptas propinas por tu trabajo y te mira con cara de no entender nada sin dejar de sonreír, como si le dieras pena. Eso sí, la vieja aprovechará que tu compañero tiene el umbral del espabilo bastante mermado para meterle las monedas en el bolsillo y repetirte "así os tomáis algo, hombre". Mientras os pasan cosas así, en tres días tú y Demetrio cargaréis y descargaréis (porque cada vez que vais a la planta de reciclaje os pesan el camión a la entrada y a la salida) casi tres toneladas de trastos, a la par que el concejal llamará al jefe de personal de la subcontrata de "tontitos" para felicitarle y decirle que le han llamado vecinos sorprendidos de lo eficiente y amable que es el nuevo  servicio municipal que, por la crisis, llevaba casi un año paralizado. Se felicitan por lo bien que lo han hecho; uno cuenta votos y el otro dinero que se queda por el camino y acaba en su bolsillo. 

Y tú llegas a casa y tu mujer, preocupadísima por tí, te mira un moratón en la rodilla por un golpe que no recuerdas haberte dado y te pide que te tomes una cafinitrina porque dices que te duele el cuello. Y que lo dejes, te repite que lo dejes, que no merece la pena y que lo importante, a pesar de todo, está ahora ahí, delante de tus ojos. Miras al pequeño Pavel y te metes la pastilla debajo de la lengua, te duchas, juegas con él, planchas, recoges, le das de cenar, lo acuestas y te duermes con él sin querer. Finalmente ves lo que ganas y muy educadamente, aún con el dolor de una desecada aorta dilatada por un (esperas) controlado aneurisma, explicas a uno de los gerentes que no puedes seguir. Como parece que no suele estar acostumbrado a empleados que puedan hilar más de tres frases subordinadas seguidas (la puta medicación), la condescendencia se torna amabilidad y comprensión y las palabras bonitas sobrevuelan el despacho y te cuentan lo de la llamada del concejal, los presupuestos cerrados que posiblemente se renueven en enero (debido a esa llamada del concejal tan satisfecho con lo contentos que están los vecinos que le han llamado porque tú resulta que, milagro, haces tu trabajo sin gilipolleces porque, coño, es que no hay más, quiero decir, es físico, es brutal, es uno, dos, tres, es sudar y parar un segundo y levantar el rostro para que el sol de un otoño frío te de algo de calor mientras obvias el olor de los colchones húmedos que estás descargando en la cinta -¿lo deberías hacer tú? ¿necesitas mascarilla? No lo sabes porque allí no hay nadie y tu supervisor te acaba de llamar para saber dónde estáis, que a los "tontitos" hay que vigilarles porque tienden a despistarse y no enterarse-). Y cuando le explicas al gerente que físicamente no puedes seguir, él te dice que no sabe cómo te han ofrecido ese puesto con lo que tienes (¿te "han ofrecido"? Si fue él...) y que no te preocupes que actualizarán tu ficha médica y tu currículo (desde hace meses ya lo tienen, al menos el historial médico actualizado sí) para que no vuelva a pasar. Pero vuelve a pasar, una semana más tarde te vuelven a llamar, para otra planta de reciclaje, de hierro, porque necesitan con urgencia gente para cubrir vacaciones pero que posiblemente te contraten fijo si lo haces bien. Y dices no, claro, que has ido al médico y te ha recordado que tu glorioso, ajado y trotón corazón se está tornando uva pasa de York y que debes cuidarte. Y esa mujer que te ha llamado, que dice ser jefa de personal, se enfada y te dice "tú verás, pero es trabajo"... ¿Y el sueldo?, preguntas. 500 brutos, dice, de dos a diez de la noche a una hora de tu casa, tres días a la semana. Y en tu cabeza te preguntas por qué eres tan educado y no le dices lo que piensas realmente. Pero ella se enfada y tu, que sabes que, aparte de alguna fábrica de queso y navajas, también llevan el personal de varios museos y alguna que otra bolsa de empleo municipal, callas porque si no lo haces no te volverán a llamar. Hasta que cuelgas, o el teléfono deja de emitir sonido alguno, ese sonido de voz femenina estándar, de locutora de radio fórmula o de comercial de telefonía, que comenzó tan amable, luego se volvió algo zalamera y acabó tornándose desagradable. Y te encuentras en casa, con tu mujer durmiendo porque hace un rato ha vuelto de su turno de noche y venía reventada porque en urgencias han tenido "una mala noche", con un par de abuelitos que venían muy malos y no han podido sacar adelante y un hombre de cincuenta con un aneurisma abdominal que se ha muerto por el camino, cuando corriendo lo han estabilizado y mandado en ambulancia a otro hospital a 100 km para un cateterismo, y ella te ha contado eso diciéndote, pero ya está es mi trabajo, sólo necesito dormir y descansar, y tú estás en la cocina, con el teléfono en la mano, con los desayunos a medio recoger, la mayor que se ha dejado olvidado el plátano del almuerzo, las albóndigas que sacaste anoche el congelador para la comida de hoy, y piensas "necesito un café", y también "tengo frío", y también "he de hacer las camas", y "he de terminar el artículo de la revista de historia que me encargó Óscar, que es para febrero pero necesita ya, no seas remolón, que son 30 euros por cada 300 palabras", y también "he de responder a la editorial de Barcelona que ayer me decía que había encargado un informe externo para tomar una decisión final acerca de la novela nueva", y te ríes recordando el episodio de "Juan y Tolola" que has visto con tu hijo en tu regazo mientras se tomaba la leche con cacao y la loncha de mortadela con aceitunas porque la mezcla le gusta, y vas a por el ordenador y te sientas y escribes esta mierda que no vale para nada y que hace que pierdas media mañana y ahora tengas que correr... la vida era esto, que decía el poeta... y no hay más... y tu gato maúlla a tu lado, bajo el sol que entra por la ventana, y piensas que deberías haberle llamado Molotov, y no Milos... 

viernes, 7 de octubre de 2016

Reseña de "La muñeca rusa" en Libros Prohibidos.

La muñeca rusa

Photo by Viktor Franko
Año: 2016
Editorial: Baile del Sol
Género: Novela
Valoración: Está bien
Llevo muchas semanas sin hacer una reseña. Tal vez sea ese el motivo por el que me está costando tanto arrancar con el título del que hablo hoy, La muñeca rusa, o tal vez no; es posible que este libro sea uno de esos especialmente complicados. Voy a inclinarme por la segunda opción.
Unos meses antes de que las fuerzas del Pacto de Varsovia invadiesen Praga (1968), una chica rusa llamada Irina llegó a un hospital psiquiátrico. Contaba la historia de que su padre fue un cosmonauta lanzado al espacio en una misión fallida por alcanzar la luna en 1962. Milos, un funcionario del hospital en esos momentos, cuenta esa historia muchos años después durante su estancia en Almarga, Almería. Una historia que le cambió la vida incluso más que la propia invasión de su país.
La muñeca rusa no es un libro de viajes en sí, pero relata un viaje compuesto de otros viajes. La llegada de Irina a Praga desde distintos sanatorios rusos, la huída de Milos de la represión soviética, el vuelo frustrado hacia la luna de ese cosmonauta perdido. No en vano, el autor se refiere a Ulises y La Odisea en distintas ocasiones, en el mejor símil posible, y todo un homenaje a esta obra fundamental de la literatura. Esto nos deja entrever visos de una novela valiente y ambiciosa que, sin embargo, no termina de cumplir con las expectativas creadas, sobre todo a raíz de los primeros capítulos.
De escritura elegante pero intermitente, que intercala pasajes de gran belleza con otros menos inspirados, La muñeca rusa plantea una historia de gran fuerza e interés en sus 4 primeros capítulos. Ahí queda reflejada la inverosímil (y a la vez totalmente creíble) historia del cosmonauta perdido en el espacio, de la chica rusa esquizofrénica, del celador checo que luego se convierte en un escultor reconocido, y del librero almeriense con problemas de salud. El problema viene cuando, a partir de esa vibrante introducción, el texto comienza a dar vueltas sobre sí mismo, volviendo una y otra vez a las historias planteadas sin profundizar en las mismas, sin avanzar. A mitad del libro, el lector se encuentra con la misma información que tenía al principio. Muy poco más. Por suerte, ya metidos en la segunda mitad, las historias se deciden a avanzar y abandonan este bucle.
Por otro lado, los grandes aciertos de la novela, las historias de los dos rusos, se quedan en un segundo plano para darle mayor relevancia a Milos (el escultor checo) y el librero de Almarga. Ninguno de los dos consigue calar hondo en el lector, ya sea por lo tópico del primero o por la ausencia de carisma (o interés) del segundo. Tal vez esa fuera la intención del autor desde el principio, más interesado en contar una historia cercana que un relato maravilloso más propio de la ciencia ficción. Sin embargo, la posibilidad de conocer más sobre un astronauta ruso perdido en el espacio (cuyo recuerdo es literalmente borrado), y la deriva de su hija por los centros psiquiátricos soviéticos, es demasiado potente y, en mi opinión, engulle al resto. No importa cuánto se torture Milos por lo que hizo, no hizo o dejó de hacer, así como tampoco sirve lo famoso que fuera el padre biológico del librero; siempre quedan empequeñecidos por los acontecimientos que les preceden.
De cualquier forma, La muñeca rusa es una novela llena de texturas, rica en matices, de la que se pueden sacar numerosas lecturas. Invita a leer de forma pausada, incluso a releer con detenimiento esos acertados pasajes que pueblan sus apenas 176 páginas.

martes, 4 de octubre de 2016

Confesiones de un amo de casa frustrado. Capítulo 3.


I DON’T KNOW WHAT TO WRITE YOU
by Bianca Green
I DON’T KNOW WHAT TO WRITE YOU by Bianca Green

Es curioso, o al menos para mí lo es, pero me reconcilio con los libros durante los meses que trabajo como auxiliar en la biblioteca pública de mi (ex) pueblo (si es que de algo así uno se puede separar alguna vez en su vida). Curioseo por el depósito, leo al azar entre las estanterías del sótano encontrando lo que parecen ser con toda seguridad joyas olvidadas y que yo desconocía (Concha Alos, la autobiografía de Canaris, Kolstomero de Tolstoi en una edición de 1910), curioseo entre artículos y me pongo podcast de conferencias que escucho en el móvil con los cascos mientras coloco y ordeno , aprovecho mientras hago los listados que me mandan para descubrir futuros libros y, sobre todo, apunto cosas en el cuaderno, cosas que pienso en el coche entre viajes de ida y vuelta o en los ratos muertos, cuando el zumbido de los ordenadores y el silencio me resultan insoportables. Regreso a casa tarde, pero con la literatura desparramada por los párpados, 98 km en total, con propósitos que no puedo asegurarme a mí mismo que pueda cumplir, y me pongo a hacer lo que debo hacer, lo que llevo haciendo años ya, quizá con algo más de relajo, es cierto, pero lavo, plancho, limpio, recojo porque si no todo entraría en una espiral disoluta y caótico cuyas mayores víctimas serían los niños; también mi mujer y yo, claro, pues ahora que no estoy tanto ella coge las riendas de muchas cosas mientras yo sigo haciendo las que sé que ella no puede o no llega, porque aunque mis periodos de trabajo coinciden con sus vacaciones (un mes al menos y yo, lamentablemente, no conozco la estabilidad en este campo laboral), hay cosas que sigo haciendo yo. Si le sumamos a ello que intentamos que la rutina de afectividad paternofilial no se pare (el pequeño es el que más raro está con las ausencia y los trajines de ir y venir), pues el sueño acumulado va siendo considerable. Por eso me agarro al movimiento mental que me supone reencontrarme con libros, lecturas y ganas de escribir, todas esas cosas que la rutina me quita, paradógicamente cuando no tengo trabajo fuera de casa (y recurro a los artículos que de un tiempo a esta parte me van pagando, escasos aún pero regulares).

Una mañana de lavadoras y plancha, comida y recoger rápido para ir al curre (me han cambiado el horario) me tiene ahora, esta noche, agotado. En el camino de ida a la biblioteca, entre el calor y el cansancio, he dado una cabezada involuntaria conduciendo, con el consiguiente volantazo y susto. Ni la ventanilla abierta ni el Orgasmatron de Motörhead a todo trapo me han evitado el acojone. Luego estar, atender, colocar, hacer, cerrar, volver, las cenas, las duchas, preparar los atos del día siguiente, los dientes, el pis y el cuento de antes de dormir… Casi me duermo yo antes que Pavel. Hacer la lista de la compra, cenar nosotros algo, ducharme rápido y recoger lo que irremediablemente queda tirado por ahí; un zapato, un peluche, una T de imán de la pizarra magnética, los calcetines que dije que llevaran al cesto de la ropa, una revista bajo la mesa del salón. Mi mujer, agotada también, ya duerme en el sofá con la tele prendida. Le digo que se vaya a la cama, que mañana está de noches en el hospital y tiene que estar descansada. Dice que no, que prefiere estar ahí conmigo, aunque sea dormida, mientras yo me siento a leer o a intentar escribir algo (“¿te han encargado algún artículo nuevo ya?” “No, aún no; voy a ver si ordeno la mesa y leo algo”). Tengo la mesa de trabajo en una esquina del salón, de espaldas a la tele, llena de libros por leer o a medias de leer, con cd´s entre ellos (mucho Bowie, Alfa y The Flowers Kings). Si apago la tele, ella se despierta, así que opto por bajar el volumen lo que pueda y ponerme los cascos esperando que ninguno de los que ya duermen se despierten y nos llamen (y yo pueda oírlos). Escribo. Paro y miro los libros que me he traído de la biblioteca. Es un nuevo deporte, pasear libros, leerlos a trozos, y escribo la palabra “trozos” y en mi cabeza aparece la imagen de un gigante arrancando ladrillos de una pirámide en ruinas, y veo esos trozos volar por los aires. Cierro los ojos y borro todo de mi cabeza. Me gusta escribir escuchando “Mistrel in the Gallery” de Jethro Tull. Abro los ojos, tecleo y mi codo izquierdo choca con unos libros. Paro, Marsé, Inma Luna, Alos, Reig, Andrej Blatnik. Los aparto un poquito. A mi derecha, una carta que me hace sonreír. Me la ha dado mi mujer al volver. Estaba en el buzón y hoy no he metido la mano al regresar (perdí la llave del buzón, ella no). Una carta de rechazo de Random House. Era obvio, quiero decir que no sé que más puedo esperar de Random House sino una carta de rechazo. Eso no es significativo, o no lo es lo suficiente como para hacerme sonreír por sí misma. Si lo hago es porque me comunican que rechazan un manuscrito que les mandé hace más de un año, quizá año y medio. Ya ni me acordaba. Sé que resulta estúpido apuntar tan alto, pero a uno ya le da igual todo. Joder, me he vuelto insensible con esas cosas. Antes me tiraba unos días realmente fastidiado, de mal humor y triste; ahora ni me inmuto. Ah, otra, y ya. No espero gran cosa del mundo editorial. Bueno, vale, miento, espero cosas, claro, pero no con la vehemencia de antaño; si vienen bien, y si no, pues nada. Y en esa nada estoy, esa nada que me hace incluso sonreír con los rechazos epistolares. El rechazo de Random era para el libro de cuentos; a buenas horas. A veces creo que “mi editorial”, la de "la muñeca rusa", los va a publicar y otras no estoy tan seguro. No hay nada firmado, aunque hace dos meses me pidieron la última versión para, creo, maquetarla. El manuscrito “nuevo” sigue volando por ahí, recibiendo… sí… eso, rechazos… Y siempre me acuerdo de lo que escribió Juan Almohada al leerlo cuando me ayudó a pulirlo (http://elmundodejuanalmohada.blogspot.com.es/2015/12/9-yankis-y-un-manchego-mis-10-libros-de.html)… Es tan candoroso y tan buena persona (y con tanto talento que se empeña en negar) que es imposible no quererle. En un mes volveré a mi jornada a tiempo completo de amo de casa y poco a poco olvidaré la literatura (o me mimetizaré totalmente con ella, que también puede ser eso), pues la intendencia hogareña me irá comiendo (como decía mi madre, “en casa, si quieres, tienes corte para todo el día” u, otro clásico, esta vez de cuando hablábamos de irnos de vacaciones, “yo, si nos vamos para terminar haciendo lo mismo que hago todo el año y no veros el pelo, me quedo en casa“). Intentaré salvaguardar estos ratos, como ahora mismo; sé que estaré cansado pero no con el agotamiento de ahora. Perderé rodearme de libros y leer y descubrir y dejar inundarme de cosas, tomar apuntes, pensar en actividades, listas, adquisiciones, ordenar, etc, pero en casa estarán mejor, la prisa será menos, el estrés será menor, estaré tiempo con ellos, los ingresos también serán menos, pero estaremos aquí, sin los nervios al límite y pausando el tiempo; podemos tirar así hasta que me vuelva a tocar en la bolsa de trabajo o consiga introducirme en una nueva. Me gusta bañar a Pavel, jugar con él, enseñarle a leer, bailar con Little Richard en el salón, pasear con él, tener la comida hecha, la casa ordenada, poder dar un masaje si me lo piden (y el turno en urgencias ha sido duro) y no escaquearme porque yo también ando agotado, saber qué falta y llevar y recogerlos del colegio y del instituto. Me gustaría elegir con mi mujer quién de los dos puede hacerlo, trabajar o estar en casa, turnarnos, y no que se nos imponga, pero, claro, hablar de esto es ciencia ficción, sobre todo con la que está cayendo.

Astropirate (Watercolors)
by Florent Bodart / Speakerine
Astropirate, by Florient Bodart. https://society6.com/speakerine

Pero no es de esto de lo que quería hablar, o escribir o sobre lo que quería divagar mientras me muero de sueño y me siento de nuevo tras arropar a mi mujer y hacer la ronda por las habitaciones y ver las posturas que adquieren al dormir los niños pequeños (y luego no les duele nada; si fuera yo quien durmiese así, tendría que llamar al fisioterapeuta de urgencias, si es que hay de eso), no era eso, no. Tampoco quería hablar o escribir sobre lo cansado que estoy o lo mucho o poco que trabajo, como si fuese extraordinario. Al revés, si lo escribo es para comprobar y decirme que eso es la norma que me rodea, lo habitual. Gente que se deja la vida en trabajos, las horas, la salud, siempre y cuando se tenga trabajo, y mantienen su casa a flote lo mejor que pueden, con niños si lo hay, sufriendo ellos la ausencia por los turnos infames, sufriendo los nervios por el cansancio que acumulamos, el mal humor que acumulamos, la frustración que nos tumoriza, anquilosando a su paso todo lo demás, las ganas, los sueños, la rutina, sobre todo la rutina. Gastos que nos hacen vender nuestra fuerza de trabajo, alienar nuestras vidas, para acabar malcriando a nuestros hijos mientras la vida se nos va. No hay censura en mis palabras, y mucho menos la hay respecto a la gente que vive así, yo el primero. Simplemente me apena vernos así, engañados por un mundo demente que destroza todo lo antropológico y subyuga las instituciones, convirtiendo la política en una farsa espectacular, economizando todas las esferas de la vida. Debería dormir, mañana lamentaré estas líneas, esta terquedad mía por escribir, lo que sea, a estas alturas de mi vida (42), me da igual, escribir, leer un manojo de hojas con luz, escuchar algún disco con vida real dentro de sus composiciones. Mañana toca pasta; con tomate y bacon para ellos, y en ensalada para nosotros. Falta leche, cebollas, tomates, té verde y rojo, cartulina azul, huevos, calabacines, puerros y patatas. Ha pasado la medianoche, faltan diez minutos para la una, ya es el cumpleaños de mi mujer. Hago la ronda de nuevo (Pavel tiene el sueño inquieto y estamos intentando quitarle el pañal para dormir, ayer tocó cambio de sábanas a las cuatro de la mañana, hoy me gustaría dormir cinco horas seguidas), la despierto, le doy un beso de feliz cumpleaños (mañana le preguntaré si lo recuerda) y la llevo a la cama. Antes de levantarme de la mesa y apagar el ordenador, miro la pila de libros a mi izquierda y elijo uno para abrirlo y ver si puedo llegar al final de la página por la que voy sin dormirme.  

domingo, 18 de septiembre de 2016

Reseña de "La muñeca rusa" en el blog "Cuentos pendientes"

La muñeca rusa, de Juan Miguel Contreras

La muñeca rusa, de Juan Miguel Contreras (Ed. Baile del Sol)


Nunca sabremos lo que piensa un astronauta soviético perdido que contempla la Tierra desde el espacio, pero podemos suponer que se verá desbordado por la soledad y la sensación de punto final. La muñeca rusa fue la novedad del catálogo de Baile del Sol que más llamó mi atención durante la fiesta de presentación de las novedades de primavera – verano que la editorial organizó en la librería Vergüenza ajena en junio, a la que acudí a presentar Mil dolores pequeños. Juan Miguel Contreras, en su turno de intervención, nos habló de un astronauta soviético que va a la Luna y nunca vuelve, y de cómo esa figura, y sobre todo la manera de borrarla de la historia, se convierte en la obsesión de su hija, a la que acaban tomando por loca.
Esa trama no es ni mucho menos la única que aparece en La muñeca rusa, pero me hizo querer leer la novela. Esa trama parcial me recordó inevitablemente a mi relatoRescate, incluido en Beber durante el embarazo, en el que un hijo reconstruye la vida de su padre, cosmonauta soviético, que fue el primero en llegar a la Luna pero que no pudo regresar y al que también condenaron al olvido.
Un escritor está buscando muchas veces, como lector, mundos estéticos y de intereses parecidos al suyo. Otras veces no, claro, otras veces quiere leer justo lo contrario a lo que intenta escribir. Pero una novela con esa historia en la trama no podía dejarla pasar, así que la compré y Juan Miguel pudo firmármela. Atrasos y conflictos entre lo que uno quiere hacer y lo que la realidad dicta que haga, una dinámica que a veces se mete hasta en nuestras lecturas, ha hecho que no me haya puesto a leerla hasta agosto. Quizá agosto sea un buen mes, con su calor y sus ciudades desiertas, para leer un libro que rescata el mundo del telón de acero, que nos llena la cabeza de secretos y de cosmonautas. El año pasado, también en agosto, vi esta exposición en La casa encendida de Madrid,http://www.lacasaencendida.es/exposiciones/arstronomy-incursiones-el-cosmos-4512, de la que me he acordado mientras leía esta novela.

La muñeca rusa es, según la solapa del libro, algo así como la segunda novela de Juan Miguel Contreras, que también ha publicado un libro de relatos, además de ser librero, tramoyista y editor. Comparte con el narrador de su novela por tanto el interés por el teatro y la profesión de librero. ¿Qué quiere decir algo así como la segunda novela de un autor? No lo sé exactamente, pero se habla de una primera novela,Cuando acabe el invierno, y se habla también de una primigenia versión de La muñeca rusa. Que el autor permita que se hable de una primigenia versión del libro que vamos a leer creo que indica que considera que aquel era un libro sustancialmente distinto al que vamos a leer, y por eso no sé si hablar de segunda o tercera novela. ¿Qué más da, en realidad?

La muñeca rusa es una novela corta, de unas 170 páginas, cuyo título remite a dos ideas, o así me lo ha parecido. Por un lado a Irina Belokoneva, la hija del astronauta desaparecido, y por otro a la estructura de la historia y su semejanza con las matrioskas, haciendo de la novela una historia en el interior de otra y en el interior de otra.

La muñeca rusa empieza en Praga en 1.968, con la invasión de los tanques soviéticos tras la llamada primavera de Praga. Allí, en Praga, está ingresada en un hospital psiquiátrico, Irina Belokoneva, que apareció contando una disparatada historia de astronautas desaparecidos, y en particular la historia de su padre, Alexei Belokonev. En ese hospital hay un celador, Milos Meisner, que es el personaje central de la novela. Uno de los dos. Diría que el importante, pues el narrador se guarda un discreto papel de observador. Nos habla un poco de su vida, contextualiza (y muy bien) la historia, pero no le quita protagonismo a Milos, que muchos años después será un artista que ha pasado por Londres, por París, por Toulouse, entre otras muchas ciudades, y que ha llegado a un pequeño pueblo de Almería persiguiendo una de esas becas que le permiten a los artistas ponerse a crear sin preocuparse por cómo subsistir.

Allí, en Almería, a través de la mujer que lo aloja como parte del programa, una actriz retirada, llega hasta el narrador, librero en esa pequeña localidad costera. La estructura de historias que encajan en otras me dificulta avanzar en el resumen de la trama, pues me viene a la memoria, hablando del pasado como actriz de Greta, que es su amante, que el librero insinúa en algún momento que es hijo de un famoso actor, a quien no pone nombre pero a quien, desde mi relativa incultura cinéfila, he identificado como Omar Sharif. Esa clase de detalles, en apariencia innecesarios, y que narrativamente es posible que lo sean, dibujan con mucha más profundidad a los personajes y hacen que la novela esté llena de vida, y van completando el juego de apariencias, verdades y mentiras.

El librero ha llegado allí como por casualidad. Parece que se mueve así por el mundo. Heredó la casa de su abuela y decidió poner allí una librería. Vive encima de su negocio y vende, sobre todo, libros en inglés y alemán para extranjeros que pasan allí unos días. Se aburre. Sueña. Habla de una enfermedad renal que le obliga a estar cerca de un hospital donde tienen que tratarlo a menudo. No puede viajar. Por eso le fascina la historia de Milos y las historias que se esconden en Milos. La de Irina, la de los cosmonautas soviéticos, la de Praga, la Praga en la que Milos se juntaba con artistas y aprendía de Bohumil Hrabal, aquella Praga post – 68 en la que le retiraron el carnet del partido a muchos escritores, como Kundera, y fueron tomando el camino de la huida. Hrabal, que intuyo que es un autor que interesa mucho a Juan Miguel Contreras, pues uno de los epígrafes iniciales de la novela es suyo y otro es del recientemente fallecido Peter Esterhazy sobre Hrabal, tiene un peso importante en la novela. Es una especie de referencia que va y viene, como escritor y amigo, en la vida de Milos.

El lector se siente parte de esas conversaciones entre cafés en el mostrador de la librería. La prosa es contenida y dibuja muy bien matices y sensaciones. Hay constantes referencias al olvido y a cómo la historia se va dibujando entre olvidos y recuerdos. La memoria funciona en ese caso como un escultor que del bloque de piedra va quitando lo que le sobra, y uso esa imagen por relacionarla con el trabajo artístico de Milos.

Las misiones soviéticas que fracasaban desaparecían de la historia. Porque los soviéticos eran maestros en el arte de borrar a los colaboradores caídos en desgracia de las fotos. Y por eso nadie hablaba del padre de Irina Belokoneva, y hasta tuvieron suerte, porque a las familias de otros astronautas desaparecidos las borraron directamente del mundo. Me parece fascinante la recreación de una ciudad secreta, en el Asia Central, hacia la que van a preparar aquella misión suicida, Belokonev y su familia, una ciudad que se llama como otra ciudad que no es, para que nadie sepa exactamente dónde están, de modo que así el borrado de las huellas sea más fácil. Es tan fácil borrar el pasado como matar a la gente y dejar de hablar de ella. Tan fácil como usar el mismo nombre para la misma misión, olvidando que la anterior fracasó. Hay un Gagarin que tapa a los Belokonev. Tres misiones Vostok 1 antes de la que realmente funcionó.

El dibujo de algunos proyectos artísticos está muy bien hecho. El narrador nos habla de la reproducción de la Luna que Milos hizo en Toulouse, o el trabajo artístico que emprende sobre la gente que forra los libros, cómo lo hace y por qué lo hace, y las fotografías que trata de tomar de esos lectores ocultos, y ahí hay un nuevo punto de conexión con mi particular mundo de obsesiones y preguntas.

El trabajo del fotógrafo Josef Koudelka sobre la invasión soviética de Praga y las detenciones y huidas de la ciudad. Otra exposición que vi en el otoño pasado en la Fundación Mapfre. Otro punto para apoyar la obsesión.

La muñeca rusa es una novela que se lee en una larga tarde de agosto en la que la luz del sol no se acaba de poner y se piensa y reconstruye durante la semana siguiente. Es una de esas novelas que cogen la historia, la desmontan, y nos llevan a preguntarnos cuánto hay de leyenda. Al lado del libro tienes un cuaderno y un bolígrafo y apuntas nombres de artistas checos, astronautas y misiones soviéticas, y por la noche buscas en Google lo que has apuntado para saber qué es verdad y qué está inventado para hacer la realidad más digerible. Dedico veinte minutos de mi vida a buscar información sobre el libro Gravedad, de Armand Coppens, y parece que no existe. Es el libro que Milos quiere leer, es el libro que le consiguen. Para que se vea que la estructura de muñecas rusas es la descripción adecuada, no sólo a la novela, sino a la realidad, el tal Armand Coppens, según mi breve investigación y algunos textos que leí en ella, parece ser un autor fantasma, que muy probablemente no se llamaba así, que no se sabe quién fue, y que escribió un libro llamado Memorias de un librero pornógrafo. El juego final.

Seguiremos leyendo y disfrutando de buenos libros como éste.

Felices lecturas


Sr. E

jueves, 15 de septiembre de 2016

Confesiones de un amo de casa frustrado. Capítulo 2.


¿HOJA O POLILLA?
No tenía pensado escribir aquí, hoy, hoy no, no esta noche, y tampoco durante un tiempo. Yo tenía un plan; no un plan en mayúsculas, un plan de esos que hace la gente cuando se cree mejor de lo que es, piensas que tiene talento o es presa de una ilusión desmesurada después de una buena racha o una eyaculación gloriosa, sino que mi plan era pequeño: Organizarme y hacer feliz a los pocos que me rodean siendo yo un poco feliz también; conseguir que el trabajo eventual que tengo me permitiera ahorrar algo, que los proyectos literarios que he dejado por ahí diesen algún tipo de fruto (y si no, tampoco pasa nada, estoy acostumbrado a que no pase nada o pase muy poco), escribir los dos artículos que me han encargado, leer varios de la pila de libros que debo leer y escuchar varios discos que quiero escuchar de manera decente. Poco más. No soy un tipo disparatado, al menos en ese sentido, al menos en ese sentido no. Que sueñe con recoger "algo" literariamente algo, aunque sólo sea para no sentir esa vergüenza lacerante que a veces me asola cuando miro hacia atrás, sobre todo ahora, estos días, en los que se acerca mi cumpleaños y serán 42 y me veo ridículamente inmerso en lo que puede ser la crisis de la mediana edad, sea lo que sea eso, si es que es otra cosa además de sentirse algo viejo, repentinamente viejo, como si el tren del que te acabaras de bajar te hubiese dejado donde te ha dejado demasiado pronto y el trayecto te pareciese más corto de lo que siempre te han dicho, aunque a veces tu creas que no, y aunque, sobre todo, quieras pensar serenamente que te queda otro viaje igual de fascinante que el previo (seamos benévolos por un momento), que tu familia te necesita como tu a ella, que peleas lo mismo o con el mismo arrojo (eso no cambia), tanto contra el mundo como contra tí mismo, y piensas si esas cosas que deberían haber cambiado hace tanto tiempo puedes aún cambiarlas, y si el hecho de cambiarlas te reportará algo o por el contrario eso acentuará la leve depresión que transitas de manera tan ridículamente bipolar. Y el corazón te da un respiro a pesar de haberte asustado un par de veces este verano como nunca antes lo había hecho (motivo real de tu sensación de tránsito entre trenes), y te miras de nuevo, como tantas veces antes, y te ves distinto, esta vez sí, y te preguntas "y ahora, ¿qué?" Has recibido un par de noticias que te han hecho soñar, pero no quieres, porque los sueños siempre los has armado muy mal y siempre les sigue una vigilia plomiza y torpe, donde nunca cambia nada porque para qué va a cambiar si no hay nada que tú puedas ofrecer que consiga otorgarte la carta de recomendación que te saque del marasmo. 

Supongo que el horario de mi trabajo eventual no ayuda a la hora de sentirme tranquilo. Demasiadas horas fuera, demasiados kilómetros y demasiada bruma en las horas que pasan sin sobresaltos pero igualmente atroces. Esa aparente serenidad que creía haber conseguido, en realidad, como otras tantas veces, ha saltado finalmente por los aires.

Olvido los libros que necesito leer (algunas cartas esperan ser escritas a raíz de ello) o me había propuesto leer, ocultos en los montones de desorden que pueblan mi rincón de casa, sepultados por papeles y lecturas nuevas que no me llevan a ningún lado. Comienzo y comienzo libros hasta que me olvido de cuáles estaba leyendo y empiezo otros, como si la huida hacia delante fuese la única solución. La culpa no la tienen los libros, porque había algunos que me estaban gustando, sino yo mismo. La sobredosis de oferta o la abundancia de oferta me paraliza. Tengo el encargo en firme de dos artículos; en apariencia no son complicados pero mi naturaleza obsesiva hace que no pare de "documentarme" para ahuyentar la copia, la repetición, la abulia y la mediocridad. No paro tampoco de leer cosas sobre futuros artículos que me gustaría que me encargasen si hago estos bien. También me han encargado un prólogo para una novela.  Bueno, no es un encargo, es un petición, que no es lo mismo. Pero no me veo capaz. Declinaré la oferta; no así la otra petición que el autor de dicha novela me ha hecho, que es la de presentársela en acto público. No tiene nada que ver, dicha novela quiero decir, pero absolutamente nada que ver, ni con lo que yo suelo leer como con lo que yo intento escribir cuando me pongo (si es que me pongo), y por eso me apetece mucho presentarla, pero no me veo capaz de hacerle un prólogo decente, no sé nada de novela gótica, de terror y/o de ciencia ficción, que es donde se podría englobar (y de manera muy digna, añado). Escribir es algo muy serio, mucho, no vale cualquier cosa, no es como decir aparentemente cuatro chorradas (que es lo que haré, pero porque quiero decir cuatro chorradas, aparentemente, porque en el fondo merece leerse el libro que presentaré), cuatro chorradas dichas de modo distendido no importan, o no importan tanto como cuatro chorradas escritas, las chorradas escritas pueden perseguirte por toda tu vida, son como ese tatuaje torpe que te haces una tarde (una rosa de Borneo, por ejemplo) para que alguien que conoces y que está empezando practique y te hace una mierda de tatuaje, horroroso y tu piensas en borrarlo con otro mayor pero hecho por un profesional pero en esto que te operan del corazón y tienes que tomar anticoagulantes de por vida y el hematólogo te prohíbe terminantemente hacerte ningún tipo de tatuaje y menos de las dimensiones que tu quieres, así que te toca verte y que te vean esa mierda negra que llevas en el hombro de por vida. Pues eso es dejar por escrito cuatro chorradas y que estas aparezcan publicadas en algún lado, algo de lo que te puedes avergonzar de por vida y con lo que te puedes fustigar si eres del género mortificador. De los libros que me hubiese gustado comentar aquí, y que sí acabé, de los discos sobre los que quiero escribir o de las películas que puedo haber visto, mejor hablamos otro dia...

El tiempo pasa y nada cambia, eso ya lo dije antes. No quieres ilusionarte, pero a veces lo haces, sobre todo cuando rayando la hora previa a la medianoche regresas a casa por una carretera infame (de baches) y tu cabeza se mueve libre impulsada por un disco de... no sé... ¿hoy que toca? Etta James o The Flower Kings... Hay tantas cosas que escribir en esos momentos que por un instante te sientes invencible en tu gramaticidad, en el estilo que crees tocar con los dedos de una mano después de tanto tiempo creyendo que te estabas acercando.

Pero ahora no tengo plan, ni tampoco nada que se le parezca. Me encomiendo a los días y me pido firmeza para dejar de disolverme y no fallar a quien espera algo de mí, sobre todo en casa. A la novela que crece y crece en mi cabeza desde hace varios meses le toca esperar, entumeciendo la parte de mi cabeza que le he asignado, hasta que pueda sostener el bisturí para extirparla y resolver el puzzle que en sí misma ya es, y le toca esperar porque no se puede encarar la topografía de una novela con la vista puesta en las esperanzas que ya has ido dejando por ahí y en el resentimiento que surge de las llamadas que nunca se reciben ni en las cartas que nunca llegan. Es momento de parar, cuidar lo que tengo cerca, lo que físicamente puedo tocar, y darme un poco de tiempo (que no de esperar un poco más). Ahora que caigo, lo paradójico de todo esto es que creo que, lo único que necesitaba, era sentarme un rato a escribir...

"LIBRO ACANTILADO" Un libro intervenido por TEO SERNA.

lunes, 12 de septiembre de 2016

Reseña de "La muñeca rusa" en el blog "La mar de letras"


"La muñeca rusa" es una lectura deliciosa, una novela corta que añade un éxito más al catálogo lleno de brillos de la editorial Baile del Sol. Como nos adelanta su título, se trata de una historia en la que las vidas de unos personajes influyen en otros y así sucesivamente, de modo que con el paso de los años siga de alguna forma latente aquello que vivieron otros.

También es una historia sobre locura y pasiones. Un agradable hallazgo escrito por Juan Miguel Contreras (Madrid, 1974), que ya ha publicado la novela “Cuando acabe el invierno” (homónima de la de Mary Ann Clark Bremer) en 2004 y también ha participado con éxito en algunos concursos de relatos.

Una sola decisión, y muchas vidas
El origen de la trama de esta novela se encuentra  en 1968, cuando las fuerzas del Pacto de Varsovia invaden Checoslovaquia. En ese momento, el protagonista, celador de un hospital, se preocupa por el bienestar de Irina, una de las pacientes del hospital psiquiátrico donde trabaja, de la que se ha enamorado.

A partir de este inicio tempestuoso, conocemos más a fondo a la frágil y misteriosa Irina y accederemos a los desagradables sucesos que le hicieron perder la cordura. Sufre manía persecutoria y teme que los agentes secretos que destrozaron su mundo vuelvan a por ella para seguir infligiéndole daño.

Todos desapareceremos sin dejar rastro, me dijo, todos desapareceremos y nada quedará de nosotros, pues así lo quiere ella. ¿Quién?, le pregunté. Irina se dio la vuelta y se desabrochó el pijama, dejando al descubierto su espalda. Tenía tatuada de manera un tanto torpe una Luna enorme y redonda, sonriente y llena de arañazos y cicatrices cubriéndole la totalidad de la espalda.

Esta novela explora la importancia que puede tener cualquier gesto nimio, cualquier pequeña decisión que tomemos sin darle importancia, para el devenir de nuestra vida y las implicaciones que puede tener en las vidas ajenas. Asistimos al paso de los años en unas pocas páginas y al modo en que aquello por lo que uno fue casi capaz de desvivirse ya es sólo una frágil colección de recuerdos que cabe en una caja de galletas deslucida.

La vida en una caja de galletas
Sin duda, la trama está muy bien construida y aunque de entrada parece ser un tanto compleja por la rareza de los acontecimientos y la prolongación en el tiempo durante generaciones, sin embargo es una lectura muy cómoda, con una prosa honesta y que mantiene el ritmo desde el principio.

Estoy haciendo bocetos para decidir cómo será la primera escultura que se llevará a la Luna.

Se aprecia un gusto especial por construir un libro a la altura del género, que quizá no sea una novela inolvidable pero que está repleta de frases que piden a gritos ser subrayadas, y fragmentos hermosos y delicados que transmiten el placer por un trabajo bien hecho.

Si uno se sitúa en el pellejo del protagonista principal, una vez que ha pasado el tiempo y recuerda su historia y cómo influyó una breve temporada de su juventud en el resto de su vida, es fácil que el lector se detenga a meditar al menos por un instante en su propia circunstancia, en las vidas ajenas que han marcado la suya y en los actos propios que han modificado el devenir de las personas de su entorno.

Es así como la literatura nos convierte en mejores personas, y creo sin duda que Juan Miguel Contreras transmite en “La muñeca rusa” un mensaje vitalista muy válido para los lectores afortunados que se atrevan a realizar un viaje espacial entre sus páginas.

http://elmardeletras.blogspot.com.es/2016/07/la-muneca-rusa-juan-miguel-contreras.html

jueves, 30 de junio de 2016

Confesiones de un amo de casa frustrado, capítulo 1.




Hace tanto que no me siento a escribir que temo haber perdido la frescura, si es que alguna vez la tuve. Me he limitado este tiempo a poner cosas sobre la novela que ha publicado Baile del Sol y a copiar y pegar los pocos artículos que he conseguido colocar en un par de revistas (una gratis, la otra por ver); el resto del tiempo lo he dedicado a cuidar de mi hijo y de la hija de mi esposa, a mantener la casa limpia, tener la comida sabrosa, el frigorífico sin eco, la ropa planchada, el gato con la arena limpia, a aguantar y a pensar. Tener un némesis que escribe su propio blog, un iluminado soldado de la gestapo vigilándome en la lejanía, amenazante y amenazando, me hizo darme cuenta de que el estilo confesional, de diario engañoso (engañoso porque busca el aplauso, la palmada, la aprobación simple), que él practica insistentemente, se parecía mucho al que yo alguna vez mostraba aquí, también engañoso, ansioso de aprobación, patético en el fondo, así que lo he ido dejando. En su lugar, me volqué en la novela nueva, intentando despojarme de esos vicios y obligándome a una sinceridad que, al menos yo, no estaba acostumbrado. Me salio una novela extensa, creo que decente (AQUI). La dejé reposar, la corregí, la di a leer, la volví a corregir, la dejé reposar de nuevo, la corregí otra vez más; a parte de las anteriores y otras que no digo por no aburrir, pero escribir es mitad teclear, mitad corregir, corregir y corregir, hasta que uno dice basta y lo deja, no porque ya esté como uno quiere, sino porque si no paras, puedes seguir eternamente, y eso es totalmente cierto (mi amigo Juan lo sabe mejor que yo)... Ahora la envío a alguna editorial que acepta manuscritos, a algún concurso, a mis editores de Baile... Y espero... eso es lo que hago con la literatura... espero... y vivo, y me sumerjo en mi vida de amo de casa, me desdoblo y sufro como un doctor Jekyll con mandil la llegada de mister Hyde enarbolando una plancha incandescente y terrorífica. Lloro, corro, cuido, baño y río con mi hijo. Me culpo si dejo que la paciencia se me acabe, lo beso, me dejo querer por él y me vuelco en mi amor hacia él. Busco huecos para amar a mi mujer. Doy lo que puedo a su hija casi adolescente, esperando que no sea despreciado. Ella no tiene la culpa. No soy su padre y no puedo serlo, pero duele estar a su lado y ver que ella no quiere, no se deja querer, no le dejan querer, se siente culpable si quiere lo que puedo ofrecerle. Ya ni le pongo música, ni le hablo de cine, y ni mucho menos de libros. De vez en cuando sí le regalo alguno, pero me estoy empezando a cansar de verlos tirados en su habitación, como apestados manojos de hojas secas. Es poco lo que tengo y me costó horrores conseguirlo. Pero es la vida, y no me queda otra. Este invierno me puse un tanto paranoico con esto. Veía en el desprecio y la lucha algo orquestado y promovido. Es difícil se padrastro y padre a la vez. Das un beso a una cosa preciosa que lo recibe con cariño y, cuando vas a dar otro a otra persona, el mismo beso es tomado con asco. Si te enfadas y castigas a un niño, es parte de la rutina y la educación, pero si lo haces con la otra persona, eres un ser horrible, trasunto de la madrastra de Cenicienta, y se amplifica acabando con mi autoestima. 
Mi psiquiatra me sonríe cuando le cuento esto (para quitarle hierro) y dice que sufro estrés doméstico. Él y yo sabemos que es algo más, pero también sabemos que es lo que hay, y que ahora que entramos en la adolescencia, me toca andar con pies de plomo, como un camarada vigilado por sus vecinos en la Rusia del KGB o la Norteamérica de MacCarthy. Cuidado con lo que hago o digo.
Así que me vuelco en mi hijo, lo reconozco. Podría volcarme en la escritura, pero prefiero no hacerlo, Básicamente porque no quiero escribir de eso, de mi experiencia como padrastro, ni tengo ganas ni fuerzas, ni tampoco considero decente descargar mi frustración en ese tema porque en el fondo creo que estaría traicionando a la propia literatura que tanto trabajo me ha costado embridar después de tantos años. Podrá escribir sobre otra cosa, pero ahora mismo, después de la novela, estoy vacío. De momento. No me desespera esperar. Ya llegará. Lo sé. Pero escribir buscando la salida terapéutica no quiero. Es lo mismo que escribir sobre mi enfermedad. Me niego a hablar abiertamente de ella en las cosas que escribo y he escrito. De vez en cuando sale algún personaje con alguna enfermedad crónica, difícil de llevar pero no tanto, pero no insisto, supongo que es inevitable que salga, pero yo le pongo límites. No me sentiría cómodo escribiendo abiertamente sobre ello. Además tampoco sabría por dónde empezar. La dureza de la enfermedad estriba, en mi caso, en el tiempo que llevo batallando con ellas, con las dos, no con los síntomas en sí. En otro mundo ya habría muerto hace mucho, pero en este sobrevivo y se han convertido en una molestia que he de mantener a ralla y cuidar para que no se vuelva peligrosa, poco más. Si me decidiese a contar el camino, yo sería el primero en aburrirme. Pues a la hora de contar mi lucha con mi padrastría, igual.
Con todo, mi rol de amo de casa, es lo que más me divierte y a la vez más me hace sufrir. Herencia de mi madre, supongo. Yo mismo minusvaloro lo que hago, y a veces me doy cuenta de que es muchísimo, lo que lo minusvaloro y lo que, a la vez, hago. Me gustaría trabajar fuera de casa, por supuesto, sentirme realizado vendiendo mi fuerza de trabajo, o sin sentirme realizado, no están los tiempos para exquisiteces, pero me perdería tantas cosas en casa. Ver crecer a mi hijo y cuidar de mi mujer, lo primero. Llevamos cuatro años siguiendo las sugerencias del pediatra Carlos González, y no podemos estar más contentos, a pesar de la extrañeza del mundo, o de que el mundo entiende por normal. La contrapartida es no tener horarios, no tener contraprestaciones, descansar poco, no cotizar, no quejarte, olvidarte poco a poco de tí. Hoy, por ejemplo, ahora mismo, mientras escribo esto. Me acaba de llamar mi mujer, que viene para casa. Después de casi dos semanas (desde antes de que acabara el colegio) en donde no me he separado del pequeño sin dejar de hacer de lo que ejerzo (ropa, comida, escoba, etc), estaba, como diría mi madre, para que me diera algo. Así que mi mujer esta tarde se ha llevado a Pavel dos horas (la niña está de vacaciones con su padre hasta el lunes que viene). Como dije antes, me acaba de llamar, mientras escribo todo esto casi frenéticamente, sin saber qué coño estoy diciendo, ni queriendo decir, ni buscando decir, y lo único que he pensado cuando he colgado era que tengo la última lavadora sin colgar y que no sé qué voy a hacer de cena. Y son las nueve y media. Y mi cuerpo ha respondido acalorándose y sudando... Pero aquí sigo, tecleando... Después de tanto tiempo no debería sentirme culpable, pero así me siento. Y eso si no hablo de leer, porque evidentemente, apenas leo. Y lo poco que leo no me lleva a querer escribir sobre ello. Y siempre está la disyuntiva, ¿leer o escribir? Gana leer, como se comprueba tímidamente en el flujo de entradas de este blog. La rutina se come de tal manera lo que soy, que se convierte en excepcional; ver una peli entre cabezadas a deshoras, ir un concierto (he ido a uno), escuchar un viejo disco mientras plancho... Oh, suena la puerta... Es en serio.... ya corregiré las faltas otro día...

viernes, 17 de junio de 2016

Sergéi Pavlovich Korolev. El diseñador Jefe. Biografía gravitatoria


Artículo aparecido en la revista "La aventura de la Historia", número 212. Junio 2016


EL HOMBRE QUE NOS LLEVÓ AL COSMOS.

La humanidad siempre ha soñado con recorrer el cielo, no sólo como un pájaro, sino más allá, hasta la Luna y las estrellas. Un día lo hicimos por primera vez, lanzamos un cohete que salió de la atmósfera, enviamos un hombre al espacio que regresó con vida (un cosmonauta) y, entre otros grandes logros, otro hombre (un astronauta), pisó la Luna. Siglos y siglos soñando e imaginando llegar a ella, y lo que pasó después fue que la fuimos olvidando, como un amante que pierde el interés por el objeto deseado una vez que lo ha conquistado.

Doce hombres han paseado por la Luna. La última vez, en 1972. Ya no hemos vuelto a ir. Uno de los dos hombres que propició todos aquellos hitos no vivió para verlo. Seguramente, si hubiera vivido más, hubieran sido otros hombres, y otras banderas, las que hubiesen pisado la superficie de Selene. Este año se cumplen 50 años de su desaparición. Lo llamaban el Diseñador Jefe, y desde el más completo anonimato consiguió cosas que sólo pueden producir asombro y admiración. Su vida, sólo conocida tras su muerte, también produce el mismo efecto. Se llamaba Sergéi Pavlovich Korolev, genial ingeniero soviético y célebre diseñador de cohetes. Como suele ocurrir con los genios, fue un personaje singular: comunista represaliado por el estalinismo, austero, íntegro y frugal pero también mujeriego e infiel, hábil entre políticos grises y extraordinario inventor de astronaves.

Entre 1957 y 1966, la Unión Soviética asombró al mundo una y otra vez con los éxitos extraordinarios de su programa espacial, siendo la primera en hacer que la especie humana abandonara la cálida atmósfera que nos vio nacer. Aquellas hazañas dejaron lívidos a sus enemigos y cautivó el entusiasmo de millones de personas por todo el mundo. Tras todas ellas estaba la mano de Sergéi Pavlovich Korolev. Por desgracia su vida no fue larga: nació el 12 de enero de 1907 en la ciudad de Zhitómir (Ucrania) y falleció el 16 de enero de 1966 en Moscú. Su biografía, independientemente de sus increíbles logros, fue tan terrible como fascinante.

Korolev con su hija y su sobrina. © RIA Novosti / Sputnik
Korolev tuvo una infancia complicada, con unos padres ausentes y criado por sus abuelos. El segundo esposo de su madre, un ingeniero eléctrico, resultó ser una buena influencia, transmitiéndole la fascinación por inventar y crear artilugios mecánicos. Se mudaron a Odessa, donde vivió la Revolución y conoció el hambre y el tifus. En 1923 ingresó en la escuela de formación profesional, en la rama de carpintería. También comenzó a pilotar planeadores en el aeroclub local, uniéndose a una asociación aeronáutica y consiguiendo el título de piloto. Posteriormente ingresó en la Facultad de Aeromecánica del Instituto Politécnico de Kiev. Poco después se trasladó a Moscú, a la Escuela Técnica Superior, en donde se graduaría en 1929 bajo la tutela de Andrei Tupolev. Fue en aquellos años cuando conoció la obra de Konstantín Tsiolkovski, provocando que su pasión por el cielo se ampliara hasta el cosmos.  En 1931 entra a trabajar con Tupolev en una oficina de diseños aeronáuticos experimentales, y meses más tarde ayuda a fundar el GIRD (Grupo de Investigaciones en Propulsión a Chorro), que pronto dirigiría. En 1933 esta organización se fusiona con el Laboratorio de Dinámica de Gases de Leningrado, creándose el Instituto de Investigaciones en Propulsión a Chorro (El RNII). Allí coincide con otros ingenieros interesados en los viajes espaciales, entre ellos Valentin Glushko, el cual había conocido personalmente al citado Tsiolkovski.
Imagen extraída del libro "PS SP" AQUI


Tuvo una hija, Natasha, junto a Xenia Vincentini, y en 1935 obtuvieron su propio apartamento, coincidiendo con su nombramiento como Director de la Sección de Misiles de Crucero en el Instituto Científico de Investigación de la región de Moscú. Korolev adquirió fama de ser un gestor de proyectos capaz y exigente; pronto consiguió desarrollar un sistema giroscópico capaz de controlar los movimientos de una aeronave a largas distancias, origen de los modernos sistemas de navegación automáticos.
Pero llegaron los terribles años 1937 y 1938, cuando la URSS se vio inmersa en una delirante ola de purgas estalinistas. Cualquiera, a cualquier hora y por cualquier motivo, podía ser arrestado. El 28 de junio de 1938 detuvieron también a Sergéi Korolev. Se le acusó de afiliación a organización trotskista, sabotaje y ralentización premeditada de las labores en la fabricación de armamentos modernos para el Ejército Rojo. Hubo varios denunciantes, entre ellos Valentín Glushko. Fue condenado a diez años de trabajos forzados, primero en el ferrocarril transiberiano, y después en las minas de oro de Kolymá, donde estuvo más de un año, perdiendo todos los dientes y adquiriendo diversos problemas de salud que años después conducirían a su temprana muerte.

imagen extraída de libro "PS SP" AQUI

Los avatares de la guerra y el avance del ejército nazi hasta las puertas de Moscú, provocaron que a Stalin no le quedase más remedio que “rescatar” a multitud de represaliados; entre ellos estaba Andréi Tupolev, que también cumplía condena en una sharashka (un centro de detención para científicos e intelectuales útiles al estado, menos duro que los gulags, y con cierta calidad de vida). Se le había encomendado la creación de aviones de bombardeo, pero apenas contaba con personal cualificado. Tupolev envió una lista con 25 nombres al correspondiente Comisario de la NKVD. La guerra apremiaba más que la reeducación, por lo que así fue cómo Korolev, sin dejar de ser considerado preso, fue enviado a trabajar con su antiguo mentor.

Al acabar la Segunda Guerra Mundial, Korolev fue liberado, recibió su primera condecoración (la Insignia de Honor) y se le otorgó el grado de coronel del Ejército Rojo en el departamento científico. Pronto fue trasladado al OKB-1 (Oficina de Diseños Experimentales), donde estaban los científicos alemanes de los legendarios cohetes V-2 capturados por las fuerzas soviéticas, así como planos y componentes de los mismos. Es entonces cuando se le encomienda la tarea de diseñar el primer misil balístico intercontinental (ICBM) de la historia.

El equipo de Korolev tomó únicamente las partes más interesantes de la tecnología germana y desechó lo demás en favor de conceptos propios (bien es cierto que los Estados Unidos sólo habían dejado varias carcasas vacías de V-2 tras su paso por Peenemünde, dentro de la Operación Paperclip). Tras años de trabajo, el resultado sería el mítico cohete R-7, más conocido como Semyorka (“el siete”).

En 1957, durante el Año Geofísico Internacional, la idea de lanzar un satélite artificial  comenzó a aparecer en la prensa occidental. Anteriormente, en 1953, Korolev ya había propuesto utilizar uno de aquellos Semyorka para viajar al espacio, pero sus fantasías espaciales sólo interesaban para su uso militar. El equipo de Korolev pensó que podrían superar a los Estados Unidos, así que volvió a sugerirlo, consiguiendo finalmente el apoyo del gobierno. Oficialmente comenzaba la Carrera Espacial, un enfrentamiento que no sólo fue científico y tecnológico, sino también ideológico, moral, social, filosófico y político.

El desarrollo del Sputnik les llevó menos de un mes. Era un diseño muy sencillo: una bola metálica pulida, un transmisor, instrumentos de medición y las baterías. Finalmente, a las 22:28 del 4 de octubre de 1957, hora de Moscú, un cohete R-7 Semyorka despegó desde una plataforma secreta en Tyuratam, Kazajastán, en lo que hoy se conoce como Cosmódromo de Baikonur. Aquel acontecimiento tuvo un efecto electrizante. El impacto del Sputnik 1 fue inmenso en todo el planeta, propulsando instantáneamente a la Unión Soviética a la posición de superpotencia global dominante. Un Jrushchov pletórico decidió que debía haber un nuevo logro para el 40º aniversario de la Revolución de Octubre, el 3 de noviembre. Por tanto, Korolev disponía de menos de un mes para prepararlo. Esta vez el Sputnik 2 pesaría seis veces más, e incluiría como tripulante a la perra Laika. No hubo tiempo para pruebas. El lanzamiento fue un éxito, y Laika sobrevivió al despegue, aunque moriría poco después debido al agotamiento y al calor.

Tras esos dos hitos, el equipo del Diseñador Jefe trabajaba a destajo en la OKB-1 de Moscú, desarrollando varios programas a la vez. Uno de ellos, aún ultrasecreto, se denominaba Mechta ("Sueño"). El sueño consistía en llegar hasta la Luna orbitando alrededor de la Tierra. El primer intento se produjo el dos de enero de 1959. La idea era estrellar una nave automatizada contra la Luna. Este lanzamiento, llamado Luna 1, erró por casi seis mil kilómetros; pero fue el primer artefacto humano en alcanzar la velocidad necesaria para escapar de la gravedad terrestre, además de convertirse de paso en el primero en orbitar el Sol (de hecho, ahí continúa, entre la Tierra y Marte).

El 13 de septiembre del mismo año, despegaba de Baikonur una segunda sonda espacial: se llamaba Luna 2. Treinta y tres horas y media después del lanzamiento, se estrelló deliberadamente entre los cráteres Arístides, Arquímedes y Autólico, al este del Mar de la Serenidad. Fue la primera vez en que un objeto creado por manos humanas entraba en contacto con un lugar extraterrestre. Menos de un mes después, el 6 de octubre, una tercera nave, Luna 3, dio la vuelta a nuestro satélite, fotografiando por primera vez su cara oculta, hasta entonces desconocida para la humanidad; es por ello que la mayoría de los cráteres tienen nombre ruso. El equipo del Diseñador Jefe estaba preparado para un éxito aún mayor. De manera muy discreta, durante los siguientes meses, hasta seis perros viajaron al espacio en naves cada vez más sofisticadas. Algunos lograron regresar con vida.

Sergei Korolev comunicándose con la Vostok de Yuri Gagarin. © RIA Novosti / Sputnik
También durante 1959 había comenzado la selección de cosmonautas. Korolev había dispuesto que fuesen pilotos preferiblemente jóvenes, con una edad comprendida entre 25 y 30 años y una estatura no superior a los 1,70 metros. El 11 de enero de 1960 se estableció un centro exclusivo de entrenamiento en unas instalaciones situadas cerca de la base aérea de Frunze, a las afueras de Moscú. El comandante Konstantin Vershinin elaboró la lista oficial de los veinte candidatos el 25 de febrero. Todo parecía suceder demasiado rápido, pero no había vuelta atrás. Resultaba obvio que los veinte candidatos no podrían participar al mismo tiempo, por lo que el 30 de mayo se crea un grupo con los seis mejores cosmonautas. Dos destacaban sobre sus compañeros: el brillante militar Gherman Stepanovich Titov, y el hijo de unos granjeros koljosianos, un piloto inteligente, vivaracho y ligón conocido como Yuri Alexéievich Gagarin.

A finales de 1960 comienzan a visitar las instalaciones donde se está construyendo la Vostok 3KA. Durante una de esas visitas tiene lugar el primer encuentro cara a cara entre Gagarin y Korolev. La fascinación y afecto entre ambos fue instantáneo. El entusiasmo contagioso de Gagarin, así como su honda comprensión de lo que para la humanidad significaba todo aquello, impresionaron muy favorablemente a Korolev. Sobre el papel, la opción más lógica era Titov, pero Sergéi Pavlovich sabía que Gagarin era una apuesta mejor. No sólo resultaba más propagandístico, sino que Yuri demostró ser un excelente técnico que había memorizado al detalle cada elemento tecnológico de la nave así como todos los pasos del vuelo.
 Sergei Korolev se despide de Yuri Gagarin antes del lanzamiento. © A. Sverdlov / Sputnik

Yuri Gagarin, vestido con su traje de presión Sokol SK-1, subiría en el ascensor que le conduciría hasta la parte superior del cohete, donde se encontraba el acceso a la cápsula, en la mañana del 12 de abril de 1961. A las 9:07 hora de Moscú, la Vostok 1 levantaría el vuelo. “¡Lanzamiento! Te deseamos buen viaje”, dijo Korolev. “Поехали! (¡allá vamos!) Hasta pronto, camaradas” respondería eufórico Gagarin. Durante los siguientes 108 minutos, Yuri describió una órbita completa alrededor de la vieja Tierra, alcanzando 327 km de altitud, y descendiendo un soleado y fabuloso día de primavera hasta tomar tierra cerca de Smelovka, un pequeño pueblo de la región de Saratov. El impacto en la opinión pública mundial fue tal, que resulta difícil de explicar. El camino parecía trazado con firmeza, por lo que sólo había que realizarlo Los Estadounidenses parecían estar a años luz, pero ni Korolev ni Jrushchev se querían confiar.

El 6 de agosto del mismo año, Gherman Titov subió también al cosmos, en la Vostok 2. Las Vostok 3 y 4, en 1962, se lanzaron simultáneamente y se aproximaron hasta comunicarse, ejecutando un ensamblaje. Luego fue el turno de Valentina Tereshkova, en 1963, convirtiéndose en la primera mujer en el espacio. En 1965 se produjo el primer paseo espacial, a cargo de Alekséi Leónov. El Diseñador Jefe aún tuvo tiempo para iniciar los proyectos Marte y Venus, que enviaron sondas a los respectivos planetas, y concebir el Programa Soyuz, tan clave hoy en día.

Korolev junto al cosmonauta Vladimir Komarov en Baikonur. © RIA Novosti / Sputnik

Sin embargo, no todo eran buenas noticias. En 1962 sus problemas de salud comenzaron a dar la cara: Una hemorragia intestinal obligó a ingresarle de urgencias. Anteriormente, el 3 de diciembre de 1960, cuatro meses antes del vuelo de Gagarin, Korolev había sufrido su primer ataque cardíaco. También se había diagnosticado un grave problema renal a consecuencia de su paso por los campos de trabajos forzados de Kolymá. En 1964, le diagnosticaron arritmia cardiaca en su ya muy débil corazón. Además se estaba quedando sordo, debido a su presencia en numerosas pruebas de lanzamiento. En diciembre de 1965, cuando la Venera 3 ya viajaba hacia Venus, le diagnosticaron pólipos intestinales. Ingresó en un hospital para operárselos, pero resultó ser un tumor abdominal de gran tamaño. La intervención se complicó y el Diseñador Jefe, muy debilitado, dejó su vida en la mesa de operaciones, el 14 de enero de 1966, un mes antes de que su Luna 9 se convirtiera en la primera en alunizar de manera automatizada. Tenía 59 años. Fue enterrado con honores en el muro del Kremlin.

El mundo descubrió su nombre el 16 de enero de 1966, cuando Pravda publicó su foto junto a su obituario. El legendario Diseñador Jefe del Programa Espacial Soviético resultó que se llamaba Sergéi Pavlovich Korolev (también transliterado como Koroliov): El hombre que había sacado a la especie humana del planeta donde había surgido por primera vez.

Los primero 20 cosmonautas soviéticos con Korolev en 1961 Foto: RIA Novosti

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