jueves, 30 de junio de 2016

Confesiones de un amo de casa frustrado, capítulo 1.




Hace tanto que no me siento a escribir que temo haber perdido la frescura, si es que alguna vez la tuve. Me he limitado este tiempo a poner cosas sobre la novela que ha publicado Baile del Sol y a copiar y pegar los pocos artículos que he conseguido colocar en un par de revistas (una gratis, la otra por ver); el resto del tiempo lo he dedicado a cuidar de mi hijo y de la hija de mi esposa, a mantener la casa limpia, tener la comida sabrosa, el frigorífico sin eco, la ropa planchada, el gato con la arena limpia, a aguantar y a pensar. Tener un némesis que escribe su propio blog, un iluminado soldado de la gestapo vigilándome en la lejanía, amenazante y amenazando, me hizo darme cuenta de que el estilo confesional, de diario engañoso (engañoso porque busca el aplauso, la palmada, la aprobación simple), que él practica insistentemente, se parecía mucho al que yo alguna vez mostraba aquí, también engañoso, ansioso de aprobación, patético en el fondo, así que lo he ido dejando. En su lugar, me volqué en la novela nueva, intentando despojarme de esos vicios y obligándome a una sinceridad que, al menos yo, no estaba acostumbrado. Me salio una novela extensa, creo que decente (AQUI). La dejé reposar, la corregí, la di a leer, la volví a corregir, la dejé reposar de nuevo, la corregí otra vez más; a parte de las anteriores y otras que no digo por no aburrir, pero escribir es mitad teclear, mitad corregir, corregir y corregir, hasta que uno dice basta y lo deja, no porque ya esté como uno quiere, sino porque si no paras, puedes seguir eternamente, y eso es totalmente cierto (mi amigo Juan lo sabe mejor que yo)... Ahora la envío a alguna editorial que acepta manuscritos, a algún concurso, a mis editores de Baile... Y espero... eso es lo que hago con la literatura... espero... y vivo, y me sumerjo en mi vida de amo de casa, me desdoblo y sufro como un doctor Jekyll con mandil la llegada de mister Hyde enarbolando una plancha incandescente y terrorífica. Lloro, corro, cuido, baño y río con mi hijo. Me culpo si dejo que la paciencia se me acabe, lo beso, me dejo querer por él y me vuelco en mi amor hacia él. Busco huecos para amar a mi mujer. Doy lo que puedo a su hija casi adolescente, esperando que no sea despreciado. Ella no tiene la culpa. No soy su padre y no puedo serlo, pero duele estar a su lado y ver que ella no quiere, no se deja querer, no le dejan querer, se siente culpable si quiere lo que puedo ofrecerle. Ya ni le pongo música, ni le hablo de cine, y ni mucho menos de libros. De vez en cuando sí le regalo alguno, pero me estoy empezando a cansar de verlos tirados en su habitación, como apestados manojos de hojas secas. Es poco lo que tengo y me costó horrores conseguirlo. Pero es la vida, y no me queda otra. Este invierno me puse un tanto paranoico con esto. Veía en el desprecio y la lucha algo orquestado y promovido. Es difícil se padrastro y padre a la vez. Das un beso a una cosa preciosa que lo recibe con cariño y, cuando vas a dar otro a otra persona, el mismo beso es tomado con asco. Si te enfadas y castigas a un niño, es parte de la rutina y la educación, pero si lo haces con la otra persona, eres un ser horrible, trasunto de la madrastra de Cenicienta, y se amplifica acabando con mi autoestima. 
Mi psiquiatra me sonríe cuando le cuento esto (para quitarle hierro) y dice que sufro estrés doméstico. Él y yo sabemos que es algo más, pero también sabemos que es lo que hay, y que ahora que entramos en la adolescencia, me toca andar con pies de plomo, como un camarada vigilado por sus vecinos en la Rusia del KGB o la Norteamérica de MacCarthy. Cuidado con lo que hago o digo.
Así que me vuelco en mi hijo, lo reconozco. Podría volcarme en la escritura, pero prefiero no hacerlo, Básicamente porque no quiero escribir de eso, de mi experiencia como padrastro, ni tengo ganas ni fuerzas, ni tampoco considero decente descargar mi frustración en ese tema porque en el fondo creo que estaría traicionando a la propia literatura que tanto trabajo me ha costado embridar después de tantos años. Podrá escribir sobre otra cosa, pero ahora mismo, después de la novela, estoy vacío. De momento. No me desespera esperar. Ya llegará. Lo sé. Pero escribir buscando la salida terapéutica no quiero. Es lo mismo que escribir sobre mi enfermedad. Me niego a hablar abiertamente de ella en las cosas que escribo y he escrito. De vez en cuando sale algún personaje con alguna enfermedad crónica, difícil de llevar pero no tanto, pero no insisto, supongo que es inevitable que salga, pero yo le pongo límites. No me sentiría cómodo escribiendo abiertamente sobre ello. Además tampoco sabría por dónde empezar. La dureza de la enfermedad estriba, en mi caso, en el tiempo que llevo batallando con ellas, con las dos, no con los síntomas en sí. En otro mundo ya habría muerto hace mucho, pero en este sobrevivo y se han convertido en una molestia que he de mantener a ralla y cuidar para que no se vuelva peligrosa, poco más. Si me decidiese a contar el camino, yo sería el primero en aburrirme. Pues a la hora de contar mi lucha con mi padrastría, igual.
Con todo, mi rol de amo de casa, es lo que más me divierte y a la vez más me hace sufrir. Herencia de mi madre, supongo. Yo mismo minusvaloro lo que hago, y a veces me doy cuenta de que es muchísimo, lo que lo minusvaloro y lo que, a la vez, hago. Me gustaría trabajar fuera de casa, por supuesto, sentirme realizado vendiendo mi fuerza de trabajo, o sin sentirme realizado, no están los tiempos para exquisiteces, pero me perdería tantas cosas en casa. Ver crecer a mi hijo y cuidar de mi mujer, lo primero. Llevamos cuatro años siguiendo las sugerencias del pediatra Carlos González, y no podemos estar más contentos, a pesar de la extrañeza del mundo, o de que el mundo entiende por normal. La contrapartida es no tener horarios, no tener contraprestaciones, descansar poco, no cotizar, no quejarte, olvidarte poco a poco de tí. Hoy, por ejemplo, ahora mismo, mientras escribo esto. Me acaba de llamar mi mujer, que viene para casa. Después de casi dos semanas (desde antes de que acabara el colegio) en donde no me he separado del pequeño sin dejar de hacer de lo que ejerzo (ropa, comida, escoba, etc), estaba, como diría mi madre, para que me diera algo. Así que mi mujer esta tarde se ha llevado a Pavel dos horas (la niña está de vacaciones con su padre hasta el lunes que viene). Como dije antes, me acaba de llamar, mientras escribo todo esto casi frenéticamente, sin saber qué coño estoy diciendo, ni queriendo decir, ni buscando decir, y lo único que he pensado cuando he colgado era que tengo la última lavadora sin colgar y que no sé qué voy a hacer de cena. Y son las nueve y media. Y mi cuerpo ha respondido acalorándose y sudando... Pero aquí sigo, tecleando... Después de tanto tiempo no debería sentirme culpable, pero así me siento. Y eso si no hablo de leer, porque evidentemente, apenas leo. Y lo poco que leo no me lleva a querer escribir sobre ello. Y siempre está la disyuntiva, ¿leer o escribir? Gana leer, como se comprueba tímidamente en el flujo de entradas de este blog. La rutina se come de tal manera lo que soy, que se convierte en excepcional; ver una peli entre cabezadas a deshoras, ir un concierto (he ido a uno), escuchar un viejo disco mientras plancho... Oh, suena la puerta... Es en serio.... ya corregiré las faltas otro día...

viernes, 17 de junio de 2016

Sergéi Pavlovich Korolev. El diseñador Jefe. Biografía gravitatoria


Artículo aparecido en la revista "La aventura de la Historia", número 212. Junio 2016


EL HOMBRE QUE NOS LLEVÓ AL COSMOS.

La humanidad siempre ha soñado con recorrer el cielo, no sólo como un pájaro, sino más allá, hasta la Luna y las estrellas. Un día lo hicimos por primera vez, lanzamos un cohete que salió de la atmósfera, enviamos un hombre al espacio que regresó con vida (un cosmonauta) y, entre otros grandes logros, otro hombre (un astronauta), pisó la Luna. Siglos y siglos soñando e imaginando llegar a ella, y lo que pasó después fue que la fuimos olvidando, como un amante que pierde el interés por el objeto deseado una vez que lo ha conquistado.

Doce hombres han paseado por la Luna. La última vez, en 1972. Ya no hemos vuelto a ir. Uno de los dos hombres que propició todos aquellos hitos no vivió para verlo. Seguramente, si hubiera vivido más, hubieran sido otros hombres, y otras banderas, las que hubiesen pisado la superficie de Selene. Este año se cumplen 50 años de su desaparición. Lo llamaban el Diseñador Jefe, y desde el más completo anonimato consiguió cosas que sólo pueden producir asombro y admiración. Su vida, sólo conocida tras su muerte, también produce el mismo efecto. Se llamaba Sergéi Pavlovich Korolev, genial ingeniero soviético y célebre diseñador de cohetes. Como suele ocurrir con los genios, fue un personaje singular: comunista represaliado por el estalinismo, austero, íntegro y frugal pero también mujeriego e infiel, hábil entre políticos grises y extraordinario inventor de astronaves.

Entre 1957 y 1966, la Unión Soviética asombró al mundo una y otra vez con los éxitos extraordinarios de su programa espacial, siendo la primera en hacer que la especie humana abandonara la cálida atmósfera que nos vio nacer. Aquellas hazañas dejaron lívidos a sus enemigos y cautivó el entusiasmo de millones de personas por todo el mundo. Tras todas ellas estaba la mano de Sergéi Pavlovich Korolev. Por desgracia su vida no fue larga: nació el 12 de enero de 1907 en la ciudad de Zhitómir (Ucrania) y falleció el 16 de enero de 1966 en Moscú. Su biografía, independientemente de sus increíbles logros, fue tan terrible como fascinante.

Korolev con su hija y su sobrina. © RIA Novosti / Sputnik
Korolev tuvo una infancia complicada, con unos padres ausentes y criado por sus abuelos. El segundo esposo de su madre, un ingeniero eléctrico, resultó ser una buena influencia, transmitiéndole la fascinación por inventar y crear artilugios mecánicos. Se mudaron a Odessa, donde vivió la Revolución y conoció el hambre y el tifus. En 1923 ingresó en la escuela de formación profesional, en la rama de carpintería. También comenzó a pilotar planeadores en el aeroclub local, uniéndose a una asociación aeronáutica y consiguiendo el título de piloto. Posteriormente ingresó en la Facultad de Aeromecánica del Instituto Politécnico de Kiev. Poco después se trasladó a Moscú, a la Escuela Técnica Superior, en donde se graduaría en 1929 bajo la tutela de Andrei Tupolev. Fue en aquellos años cuando conoció la obra de Konstantín Tsiolkovski, provocando que su pasión por el cielo se ampliara hasta el cosmos.  En 1931 entra a trabajar con Tupolev en una oficina de diseños aeronáuticos experimentales, y meses más tarde ayuda a fundar el GIRD (Grupo de Investigaciones en Propulsión a Chorro), que pronto dirigiría. En 1933 esta organización se fusiona con el Laboratorio de Dinámica de Gases de Leningrado, creándose el Instituto de Investigaciones en Propulsión a Chorro (El RNII). Allí coincide con otros ingenieros interesados en los viajes espaciales, entre ellos Valentin Glushko, el cual había conocido personalmente al citado Tsiolkovski.
Imagen extraída del libro "PS SP" AQUI


Tuvo una hija, Natasha, junto a Xenia Vincentini, y en 1935 obtuvieron su propio apartamento, coincidiendo con su nombramiento como Director de la Sección de Misiles de Crucero en el Instituto Científico de Investigación de la región de Moscú. Korolev adquirió fama de ser un gestor de proyectos capaz y exigente; pronto consiguió desarrollar un sistema giroscópico capaz de controlar los movimientos de una aeronave a largas distancias, origen de los modernos sistemas de navegación automáticos.
Pero llegaron los terribles años 1937 y 1938, cuando la URSS se vio inmersa en una delirante ola de purgas estalinistas. Cualquiera, a cualquier hora y por cualquier motivo, podía ser arrestado. El 28 de junio de 1938 detuvieron también a Sergéi Korolev. Se le acusó de afiliación a organización trotskista, sabotaje y ralentización premeditada de las labores en la fabricación de armamentos modernos para el Ejército Rojo. Hubo varios denunciantes, entre ellos Valentín Glushko. Fue condenado a diez años de trabajos forzados, primero en el ferrocarril transiberiano, y después en las minas de oro de Kolymá, donde estuvo más de un año, perdiendo todos los dientes y adquiriendo diversos problemas de salud que años después conducirían a su temprana muerte.

imagen extraída de libro "PS SP" AQUI

Los avatares de la guerra y el avance del ejército nazi hasta las puertas de Moscú, provocaron que a Stalin no le quedase más remedio que “rescatar” a multitud de represaliados; entre ellos estaba Andréi Tupolev, que también cumplía condena en una sharashka (un centro de detención para científicos e intelectuales útiles al estado, menos duro que los gulags, y con cierta calidad de vida). Se le había encomendado la creación de aviones de bombardeo, pero apenas contaba con personal cualificado. Tupolev envió una lista con 25 nombres al correspondiente Comisario de la NKVD. La guerra apremiaba más que la reeducación, por lo que así fue cómo Korolev, sin dejar de ser considerado preso, fue enviado a trabajar con su antiguo mentor.

Al acabar la Segunda Guerra Mundial, Korolev fue liberado, recibió su primera condecoración (la Insignia de Honor) y se le otorgó el grado de coronel del Ejército Rojo en el departamento científico. Pronto fue trasladado al OKB-1 (Oficina de Diseños Experimentales), donde estaban los científicos alemanes de los legendarios cohetes V-2 capturados por las fuerzas soviéticas, así como planos y componentes de los mismos. Es entonces cuando se le encomienda la tarea de diseñar el primer misil balístico intercontinental (ICBM) de la historia.

El equipo de Korolev tomó únicamente las partes más interesantes de la tecnología germana y desechó lo demás en favor de conceptos propios (bien es cierto que los Estados Unidos sólo habían dejado varias carcasas vacías de V-2 tras su paso por Peenemünde, dentro de la Operación Paperclip). Tras años de trabajo, el resultado sería el mítico cohete R-7, más conocido como Semyorka (“el siete”).

En 1957, durante el Año Geofísico Internacional, la idea de lanzar un satélite artificial  comenzó a aparecer en la prensa occidental. Anteriormente, en 1953, Korolev ya había propuesto utilizar uno de aquellos Semyorka para viajar al espacio, pero sus fantasías espaciales sólo interesaban para su uso militar. El equipo de Korolev pensó que podrían superar a los Estados Unidos, así que volvió a sugerirlo, consiguiendo finalmente el apoyo del gobierno. Oficialmente comenzaba la Carrera Espacial, un enfrentamiento que no sólo fue científico y tecnológico, sino también ideológico, moral, social, filosófico y político.

El desarrollo del Sputnik les llevó menos de un mes. Era un diseño muy sencillo: una bola metálica pulida, un transmisor, instrumentos de medición y las baterías. Finalmente, a las 22:28 del 4 de octubre de 1957, hora de Moscú, un cohete R-7 Semyorka despegó desde una plataforma secreta en Tyuratam, Kazajastán, en lo que hoy se conoce como Cosmódromo de Baikonur. Aquel acontecimiento tuvo un efecto electrizante. El impacto del Sputnik 1 fue inmenso en todo el planeta, propulsando instantáneamente a la Unión Soviética a la posición de superpotencia global dominante. Un Jrushchov pletórico decidió que debía haber un nuevo logro para el 40º aniversario de la Revolución de Octubre, el 3 de noviembre. Por tanto, Korolev disponía de menos de un mes para prepararlo. Esta vez el Sputnik 2 pesaría seis veces más, e incluiría como tripulante a la perra Laika. No hubo tiempo para pruebas. El lanzamiento fue un éxito, y Laika sobrevivió al despegue, aunque moriría poco después debido al agotamiento y al calor.

Tras esos dos hitos, el equipo del Diseñador Jefe trabajaba a destajo en la OKB-1 de Moscú, desarrollando varios programas a la vez. Uno de ellos, aún ultrasecreto, se denominaba Mechta ("Sueño"). El sueño consistía en llegar hasta la Luna orbitando alrededor de la Tierra. El primer intento se produjo el dos de enero de 1959. La idea era estrellar una nave automatizada contra la Luna. Este lanzamiento, llamado Luna 1, erró por casi seis mil kilómetros; pero fue el primer artefacto humano en alcanzar la velocidad necesaria para escapar de la gravedad terrestre, además de convertirse de paso en el primero en orbitar el Sol (de hecho, ahí continúa, entre la Tierra y Marte).

El 13 de septiembre del mismo año, despegaba de Baikonur una segunda sonda espacial: se llamaba Luna 2. Treinta y tres horas y media después del lanzamiento, se estrelló deliberadamente entre los cráteres Arístides, Arquímedes y Autólico, al este del Mar de la Serenidad. Fue la primera vez en que un objeto creado por manos humanas entraba en contacto con un lugar extraterrestre. Menos de un mes después, el 6 de octubre, una tercera nave, Luna 3, dio la vuelta a nuestro satélite, fotografiando por primera vez su cara oculta, hasta entonces desconocida para la humanidad; es por ello que la mayoría de los cráteres tienen nombre ruso. El equipo del Diseñador Jefe estaba preparado para un éxito aún mayor. De manera muy discreta, durante los siguientes meses, hasta seis perros viajaron al espacio en naves cada vez más sofisticadas. Algunos lograron regresar con vida.

Sergei Korolev comunicándose con la Vostok de Yuri Gagarin. © RIA Novosti / Sputnik
También durante 1959 había comenzado la selección de cosmonautas. Korolev había dispuesto que fuesen pilotos preferiblemente jóvenes, con una edad comprendida entre 25 y 30 años y una estatura no superior a los 1,70 metros. El 11 de enero de 1960 se estableció un centro exclusivo de entrenamiento en unas instalaciones situadas cerca de la base aérea de Frunze, a las afueras de Moscú. El comandante Konstantin Vershinin elaboró la lista oficial de los veinte candidatos el 25 de febrero. Todo parecía suceder demasiado rápido, pero no había vuelta atrás. Resultaba obvio que los veinte candidatos no podrían participar al mismo tiempo, por lo que el 30 de mayo se crea un grupo con los seis mejores cosmonautas. Dos destacaban sobre sus compañeros: el brillante militar Gherman Stepanovich Titov, y el hijo de unos granjeros koljosianos, un piloto inteligente, vivaracho y ligón conocido como Yuri Alexéievich Gagarin.

A finales de 1960 comienzan a visitar las instalaciones donde se está construyendo la Vostok 3KA. Durante una de esas visitas tiene lugar el primer encuentro cara a cara entre Gagarin y Korolev. La fascinación y afecto entre ambos fue instantáneo. El entusiasmo contagioso de Gagarin, así como su honda comprensión de lo que para la humanidad significaba todo aquello, impresionaron muy favorablemente a Korolev. Sobre el papel, la opción más lógica era Titov, pero Sergéi Pavlovich sabía que Gagarin era una apuesta mejor. No sólo resultaba más propagandístico, sino que Yuri demostró ser un excelente técnico que había memorizado al detalle cada elemento tecnológico de la nave así como todos los pasos del vuelo.
 Sergei Korolev se despide de Yuri Gagarin antes del lanzamiento. © A. Sverdlov / Sputnik

Yuri Gagarin, vestido con su traje de presión Sokol SK-1, subiría en el ascensor que le conduciría hasta la parte superior del cohete, donde se encontraba el acceso a la cápsula, en la mañana del 12 de abril de 1961. A las 9:07 hora de Moscú, la Vostok 1 levantaría el vuelo. “¡Lanzamiento! Te deseamos buen viaje”, dijo Korolev. “Поехали! (¡allá vamos!) Hasta pronto, camaradas” respondería eufórico Gagarin. Durante los siguientes 108 minutos, Yuri describió una órbita completa alrededor de la vieja Tierra, alcanzando 327 km de altitud, y descendiendo un soleado y fabuloso día de primavera hasta tomar tierra cerca de Smelovka, un pequeño pueblo de la región de Saratov. El impacto en la opinión pública mundial fue tal, que resulta difícil de explicar. El camino parecía trazado con firmeza, por lo que sólo había que realizarlo Los Estadounidenses parecían estar a años luz, pero ni Korolev ni Jrushchev se querían confiar.

El 6 de agosto del mismo año, Gherman Titov subió también al cosmos, en la Vostok 2. Las Vostok 3 y 4, en 1962, se lanzaron simultáneamente y se aproximaron hasta comunicarse, ejecutando un ensamblaje. Luego fue el turno de Valentina Tereshkova, en 1963, convirtiéndose en la primera mujer en el espacio. En 1965 se produjo el primer paseo espacial, a cargo de Alekséi Leónov. El Diseñador Jefe aún tuvo tiempo para iniciar los proyectos Marte y Venus, que enviaron sondas a los respectivos planetas, y concebir el Programa Soyuz, tan clave hoy en día.

Korolev junto al cosmonauta Vladimir Komarov en Baikonur. © RIA Novosti / Sputnik

Sin embargo, no todo eran buenas noticias. En 1962 sus problemas de salud comenzaron a dar la cara: Una hemorragia intestinal obligó a ingresarle de urgencias. Anteriormente, el 3 de diciembre de 1960, cuatro meses antes del vuelo de Gagarin, Korolev había sufrido su primer ataque cardíaco. También se había diagnosticado un grave problema renal a consecuencia de su paso por los campos de trabajos forzados de Kolymá. En 1964, le diagnosticaron arritmia cardiaca en su ya muy débil corazón. Además se estaba quedando sordo, debido a su presencia en numerosas pruebas de lanzamiento. En diciembre de 1965, cuando la Venera 3 ya viajaba hacia Venus, le diagnosticaron pólipos intestinales. Ingresó en un hospital para operárselos, pero resultó ser un tumor abdominal de gran tamaño. La intervención se complicó y el Diseñador Jefe, muy debilitado, dejó su vida en la mesa de operaciones, el 14 de enero de 1966, un mes antes de que su Luna 9 se convirtiera en la primera en alunizar de manera automatizada. Tenía 59 años. Fue enterrado con honores en el muro del Kremlin.

El mundo descubrió su nombre el 16 de enero de 1966, cuando Pravda publicó su foto junto a su obituario. El legendario Diseñador Jefe del Programa Espacial Soviético resultó que se llamaba Sergéi Pavlovich Korolev (también transliterado como Koroliov): El hombre que había sacado a la especie humana del planeta donde había surgido por primera vez.

Los primero 20 cosmonautas soviéticos con Korolev en 1961 Foto: RIA Novosti

martes, 14 de junio de 2016

Las cenizas del diseñador Jefe. Sergéi Pavlovich Korolev, la estela de un hombre invisible




Con vistas a terminar de una vez de colgar entradas dedicadas a la carrera espacial soviética, pongo el primero de varios artículos que me encargaron para la revista "LA AVENTURA DE LA HISTORIA", número 212, de junio de 2016. Me encargaron una biografía sobre Sergéi Pavlovich Korolev, y dos anexos. como soy nuevo en esto, escribí mas palabras de las que me pidieron, así que hubo que recortar y adaptar. Este que sigue era uno de los anexos, lo pongo íntegro. Los próximos días pondré la biografía y otro artículo que quedó fuera.


Las cenizas de Korolev


Dicen que una de las frases que Sergéi Pavlovich Korolev más repetía era: “Todos desapareceremos sin dejar rastro”. Curiosa expresión para alguien que sobrevivió al gulag y, sobre todo, para un hombre que soñaba con construir naves que viajaran al cosmos. Fue tras su liberación que Korolev se vio obligado a vivir sin rastro; él era el Diseñador Jefe, alguien sin nombre, ocultado para poder con ello proteger su vida, su preciada vida, aunque solamente unos años antes esa misma vida no hubiera valido nada, a punto de dejarla tirada en una mina de oro, convertido en un animal.

Es posible que en toda la historia de la ciencia de la URSS no haya habido especialistas con una identidad más secreta que él. En la prensa nunca se decía su nombre. Las condecoraciones que recibió en vida fueron secretas (Héroe del Trabajo Socialista en 1956 y 1961, Premio Lenin en 1957, y en 1958 fue elegido miembro de la Academia Rusa de las Ciencias). Incluso se le otorgó el Premio Nobel, pero fue rechazado por Jrushchov, alegando precisamente el carácter secreto del Diseñador Jefe. Cuando murió, contradiciendo su ahora famosa frase, fue enterrado con honores en el Mausoleo de la muralla del Kremlin, algo reservado únicamente a los grandes héroes de la revolución. Un gran desfile fue organizado en su nombre y su féretro fue custodiado por una guardia de honor. Se puso su nombre a una calle, actualmente denominada Úlitsa Akadémika Koroliova (Calle del Académico Korolev). En 1975 se inauguró una casa museo en el hogar que habitó en Moscú entre 1959 y 1966. Boris Yetsin renombró la ciudad de Kaliningrado como Korolev, hogar de la mayor compañía espacia rusa, S.P. Korolev Rocket and Space Corporation (el originario bureau que él inauguró en 1946, el OKB-1). Un cráter de la cara oscura de la Luna lleva su nombre, así como otro en Marte. También existe el asteroide 1855 Korolev.


Seguramente, un hombre que pasó por lo que él tuvo que pasar y que falleció sin haber conseguido llevar al primer hombre a la Luna, todas esas distinciones le habrían hecho torcer el rostro y sonreír, pero la historia aún le guardaba una última ironía. Se cuenta que sus cenizas iban a bordo de la Soyuz-1, con la intención de ser depositadas en la Luna. Como sabemos, el destino de la Soyuz-1 fue funesto, por lo que es posible que sus cenizas se dispersaran por el cosmos, mezcladas con los restos del cohete. A pesar de pisar terreno pantanoso en este asunto (puede resultar posible que aparezca un archivo aún sin desclasificar corroborando esto) esta última historia sus a mera especulación romántica, pero uno no puede evitar imaginar que fue así, o que debería haber sido así. Sucediese lo que sucediese, tanto como si sus restos siguen en el muro del Kremlin como si están flotando por el cosmos, no queda más remedio que darle la razón a Sergéi Pavlovich y afirmar que “todos desaparecemos sin dejar rastro”.

jueves, 2 de junio de 2016

Reseña de "La muñeca rusa" en el blog Las inquilinas de Netherfield...

RESEÑA (by MB) ::: LA MUÑECA RUSA - Juan Miguel Contreras







Título original: La muñeca rusa
Autor: Juan Miguel Contreras
Editorial: Baile del Sol
Páginas: 180
Fecha publicación: 2016
Encuadernación: rústica con solapas
Precio: 13 euros
Ilustración de la cubierta: Ramón Buzón





¿Qué piensa un hombre que contempla la Tierra desde el espacio, donde va a morir sin regresar? Nunca podremos saberlo, sin embargo, la historia no se detiene, e Irina Belokoneva, hija de ese cosmonauta perdido entre la Luna y la Tierra, es parte de ella.
La muñeca rusa arranca con la entrada en 1968 de las fuerzas del Pacto de Varsovia en Praga. En un psiquiátrico de la ciudad, Irina asegura que han ido a por ella, para silenciarla definitivamente y que no se conozca la historia de su padre. Su historia es contada muchos años después por Milos Meisner, celador del sanatorio en ese momento, a un librero en un pueblo perdido del Cabo de Gata donde vive exiliado. Las historias se unen, unas dentro de otras, quizá porque son una y la misma. La Primavera de Praga se mezcla con la carrera espacial rusa a causa de una lunática que dice ser hija de un cosmonauta desaparecido en una misión fracasada a la Luna. La nueva ola de cine checo vista desde los ojos de un escritor prohibido como un trampolín al exilio y la memoria. Marchantes de arte parisinos que cenan con libreros enfermos tímidamente ácratas. Fotografías de libros que brillan bajo la sombra de la nariz de Cyrano. La mirada de Yuri Gagarin, una Luna en una nave industrial de Toulouse, cartas de Bohumil Hrabal a un escultor exiliado en Almería... Un relato que intenta tejer los nudos necesarios para que, en el telar de la Gran Historia, no se pierdan los hilos de unos personajes condenados al olvido en una librería que orbita alrededor de la Luna.


La muñeca rusa, esa gran matrioska que han depositado en mis manos... la observo, la miro, la toco, y mi cabeza empieza a calentarse y a bullir con mil preguntas: ¿cuál es tu historia? ¿Qué vas a contarme? ¿Cuáles son tus secretos?

La narración comienza con la entrada en 1968 de las fuerzas del Pacto de Varsovia en Praga. Juan Miguel Contreras nos posiciona en este período histórico, convulso y un tanto desconocido (al menos yo creo que no todos estamos muy familiarizados con lo que ocurrió durante aquellos meses). Tal y como digo al inicio, la novela es una matrioska en la que vamos descubriendo otras matrioskas en su interior, diversos fragmentos de historias inconclusas que nos enredan en una telaraña que nos absorbe y nos atrapa. Cada fragmento está lleno de sentimientos, desesperanza y búsqueda de la verdad, y conforme vamos avanzando en la lectura vamos uniéndolos en la medida de lo posible, porque algunos de ellos están llenos de aristas, cortantes y afiladas, que nos desgarran con sus diversas y tremendas historias.


Con la primera página ya quedas enredado en el enrejado que el autor construye con su fragmentada trama y con los diferentes personajes, muy viscerales y profundos. Te das cuenta de que este libro es diferente, que te va a dejar huella. Es tan refrescante y atrayente que ese gusanillo que todos los lectores empedernidos tenemos dentro no te permite abandonar la lectura, porque si lo hicieras sería como desamparar a estos personajes tan desolados y desangelados. Por lo que a mi respecta no lo hice... los acompañé hasta donde la historia me dejó, hasta esa última página.

Irina Belokoneva, la muñeca rusa, es el personaje más entrañable de la novela, ya que su historia (o los vestigios que le quedan de la misma) está guardada en su mente de un modo disperso Esa mente ha sido formateada una y otra vez por un sistema que, al permitirle vivir, también le ha condenado a la soledad y a la locura... El olvido de sí misma y de todos los suyos es la pena que le ha sido impuesta indirectamente por el fracaso de su padre, un astronauta ruso que es el desencadenante de todo.

Milos Meisner, artista, celador y personaje activo en la trama, es el encargado de guiarnos a través de todos los fragmentos que el autor nos va entregando a lo largo de la lectura. En el instante en que Milos entra en contacto con Irina Belokoneva, queda atrapado en su historia y su vida. Este hombre le abre su corazón, la acoge en su seno como la muñeca rusa que es, condicionándole y dirigiendo su camino. A partir de entonces, todos sus pasos y decisiones los toma por y para Irina. Y todo ello envuelto en un escenario de revolución y desintegración social, donde cada paso que das hacia adelante representa muchos pasos hacia atrás. Si además se añade que la nueva situación le tiene constreñido y encorsetado, el remolino que ya había nacido en su interior al enamorarse de una persona quebrada y rota se amplifica en una espiral de desesperación y locura.


Bohumil Hrabal, personaje real, es la voz que susurra a Milos que debe salir del bucle en el que se encuentra inmerso. Esta voz no le va a resultar gratuita, pues desde ese momento se convierte en un exiliado en cuyo equipaje solo hay culpa, desencanto e impotencia.

A lo largo de la narración, el autor introduce diversos saltos temporales muy bien hilados con la trama, porque aunque a priori parecen historias dispares e inconclusas, con su refrescante prosa las entreteje dando un sentido a la misma. Así, viajaremos con Milos por diversos lugares en los distintos tiempos, recalando como último destino en un pueblo costero de Almería (Almarga). Allí se nos entrega otro fragmento de la novela con la aparición de un nuevo personaje, el librero sin nombre, del que solo conocemos el apodo con el que le llame Greta: Henry. 

Corren los años 90, y este librero sera el bálsamo que necesita Milos. La amistad que surge entre ellos, su día a día, compartir sus experiencias e historias, así como sus diferentes puntos de vista y perspectivas, provocará en ellos todo tipo de reflexiones y catarsis, ayudándoles a reinventarse otra vez: tal vez lo negro no sea tan negro como parecía hace veinte años, y las conversaciones entre ellos son el vehículo que les ayuda a catalizar toda la desesperanza y soledad en la que ambos se encuentran inmersos.

Juan Miguel Contreras ha construido una magnífica trama para este libro, y el final de la historia es, a mi juicio, el que debe de ser; no podría haber sido otro. La muñeca rusa es una novela que nos invita a reflexionar sobre el destino, el sentido de la vida, la casualidad, la catalización de los momentos difíciles, la amistad y el poder (o su ausencia) del amor. Todo ello narrado con una maestría que consigue que todos los fragmentos formen parte de un todo.


Me encanta la cubierta; todos los libros de Baile del Sol están rubricados con su particular sello personal. Los identificas y distingues en cuanto caen en tus manos.


Nació en Madrid en 1974, aunque creció en un pueblo de la provincia de Ciudad Real, Manzanares. Licenciado enFilosofía por la Universidad Complutense de Madrid. En 1998 recibió el primer premio del certamen de relatos "Villa de Torralba" con el cuento La ciudad trenzada. En 2004 publicó la novela Cuando acabe el invierno, de la editorial Biblioteca de Autores Manchegos (BAM). En 2007 quedó finalista del concurso de relatos de la Revista Eñe, Cosecha Ñ, con el cuento titulado Sobre hojas de humo. Entre el 2000 y el 2005 fue director y programador del Festival Inernacional del Teatro Lazarillo, en Manzanares. Durante los primeros años del siglo XXI ha sido tramoyista y librero en Madrid; en 2006 abrió su propia librería, La Pecera, en Manzanares, hasta que la dejó en otras manos en 2011. En 2012 creó la editorial fantasma La internazional Samizdat, donde ha publicado el libro de relatos Cardiopatías, así como una primigenia versión de La muñeca rusa

Actualmente reside en Alcázar de San Juan.
Miss Bingley


miércoles, 18 de mayo de 2016

Entrevista en Todo Literatura y Compañía. Radio.




Cuelgo la entrevista que me hicieron en el programa de radio "Todo literatura y compañía" de la emisora Gestiona Radio. Algo más de 16 minutos donde Antonio Martínez Asensio desgrana la novela "La muñeca rusa", que, recuerdo, se puede conseguir en cualquier librería o AQUI, directamente en la web de la Editorial, con descuento y regalo incluido.


http://www.ivoox.com/11449342


 

jueves, 5 de mayo de 2016

Hijos del espacio: soñadores, cosmonautas y otros selenitas. Artículo en Filosofía Hoy, número 55. Mayo 2016.


La búsqueda de una publicación a la que le interesara el siguiente artículo casi hace que tirara la toalla. Trata sobre la historia de los viajes espaciales (lunares principalmente) a lo largo de la literatura. Nadie lo quería... Tampoco sé por qué me empeñaba. Bueno, sí; el artículo me gustaba. Al final, la revista Filosofía Hoy, donde colaboro a menudo más por motivos emocionales (me ha traído una buena amistad) que económicos (no hay), lo quiso. Me pidió revisarlo. Algo le faltaba. Y era cierto. El artículo era una vuelta de un capítulo desechado de "La muñeca rusa", un capítulo que no encajaba en ningún sitio y que quedó perdido en la carpeta de "notas". Al contrario que con la novela que acabo de terminar, en la que todas las notas han sido borradas, aún aparecen cosas sueltas de "La muñeca rusa". A la par, otra revista (La aventura de la Historia) me habían encargado unos artículos sobre Sergéi Pavlovich Korolev, el Diseñador Jefe, y revisando notas, encontré ese escrito. El encargo me llenó de alegría, por qué no decirlo, ya que me vino por sorpresa y en un momento que necesitaba sentir que lo que escribía era valorado de alguna manera. Me puse a revisar mis libros y notas sobre Korolev y encontré ese capítulo perdido. Lo corregí un tanto a la ligera, para ver si encontraba el tono para encarar la biografía sobre Korolev. Cuando Pilar (la editora de Filosofía Hoy) me dijo que le gustaba pero que le faltaba algo, obsesionado como estaba por el tema, me agobié y no paré de darle vueltas. De madrugada lo encontré. Me levanté y apunté apresuradamente cuatro notas para no olvidarlo. Gran parte de la historia de ese lienzo literario se vio influido (y truncado) por el éxito de Ptolomeo en detrimento de, sobre todo, otro escritor diametralmente opuesto (Luciano de Samosata). Por cuestiones de espacio, en el número de Mayo de Filosofía Hoy ha aparecido algo recortado (pero no mucho).  Aquí incluyo el texto completo. Quien haya leído "La muñeca rusa" verá claramente por qué no encajaba (lo "relataba" el librero tras la confesión de Milos Meisner de los motivos que lo llevaron a Toulouse), pero eso lo digo solo como anécdota, porque tal y como está no se nota. 
Por último añadir que las imágenes que ilustran el artículo son viejos carteles soviéticos, preciosos por otro lado, de la época de la Carrera Espacial.


Hijos del espacio: soñadores, cosmonautas y otros selenitas.

La Luna sigue estando demasiado lejana. Durante siglos los hombres han deseado llegar hasta ella y se han imaginado y escrito libros sobre esos viajes soñados; leyendas chinas, griegas y aztecas lo prueban. Obviando al venturoso profeta Elías saliendo disparado a los cielos en un carro de fuego o al pobre Ícaro un instante antes de caer, fue Plutarco uno de los primeros que teorizó sobre la Luna más allá de los mitos, al igual que Tales y Aristóteles. Se dice en El Corán que Mahoma viajó por los espacios interplanetarios, y en el Kalevala, canto épico del pueblo finés, también se habla de otro viaje a la Luna, esta vez de una abeja.





Sin embargo, fue en el siglo II de nuestra era cuando se vivió una lucha fratricida entre dos pensadores, dos personalidades seguramente opuestas (Luciano de Samosata y Ptolomeo), que marcó durante más de diez siglos el destino de los hombres en muchos aspectos, y ninguno de ellos baladí (el Jorge de Burgos del gran Umberto Eco sería el paradigma del hombre-pensador-religioso-salvaguarda-de-la-moral que surgió de ello). Luciano y Ptolomeo nunca se conocieron ni polemizaron, pero sus respectivas obras sí. Luciano de Samosata escribió una obra satírica sobre los habitantes de la Luna (Una historia verdadera, también llamado Relatos verídicos en la edición de Gredos), un libro del cual han bebido todos los autores posteriores, desde Cyrano hasta Verne e Italo Calvino. Pero este libro era algo más, pues pone en tela de juicio la religión y sus dogmas, así como a los filósofos y sus escuelas, desacreditando a todos ellos. Luciano también escribió otra obra llamada Ícaromenipo, donde hizo volar a Menipo de Gadara desde el Olimpo hasta la Luna con un ala de águila en una mano y una de buitre en la otra, pero sin la potencia destructora de Una historia verdadera. Por su parte, la obra de Ptolomeo discurrió por otros cauces menos peligrosos para la tranquilidad social que la sátira del de Samosata. El famoso astrónomo alejandrino se dedicó a sistematizar y compilar un innumerable número de datos y doctrinas de geógrafos, astrónomos y filósofos, creando lo que se conoce como “Sistema Ptolemaico”, en el cual daba cuenta de la arquitectura física del universo. El él, la Tierra, formando un globo, está en el centro del universo, y el Sol, la Luna y las estrellas giran alrededor, en, dato importante, órbitas circulares y con movimiento uniforme. Señalo esto último como importante porque fue esa dogmatización de esos dos conceptos claramente aristotélicos lo que provocó el estancamiento durante siglos no sólo de la Astronomía, sino de la propia Física como ciencia. La sucesiva proliferación de epiciclos (algunos sin más remedio que ser concebidos como excéntricos) “salvaban las apariencias” de la supuesta irregularidad de los movimientos celestes. Esta férrea y alambicada concepción del cielo (Caelus, del cosmos) encadenó todo avance técnico y científico a una pesada bola, la cual, sumada a la poderosa institución eclesiástica como salvaguarda filosófica y moral de un mundo feudal, espejo de dicho dogma católico en lo ideológico y pilar del vasallaje y la división de la sociedad en nobleza, clero y estado llano, impidió, entre otras cosas, la escritura y divulgación de fantasiosas aventuras espaciales. Paradójicamente, la victoria de Ptolomeo trajo consecuencias nefastas para los que soñaban con surcar los cielos y llegar a las estrellas, pues resulta difícil imaginar a nadie escribiendo sobre volar a la Luna o a Marte, sabiendo que, a las consabidas dificultades técnicas, habría que sumarle el agobio de atravesar una innumerable cantidad de endiablados epiciclos encapsulados en esferas de cristal.

De nada sirvió que los chinos derrotasen en 1232 a los mongoles usando proyectiles, pues no fue hasta la llamada “revolución copernicana” que las mentes de literatos, inventores y lunáticos varios pudieron sentirse libres de nuevo. Dicha revolución no fue sencilla ni rápida, y mucho menos indolora (no sólo por la hoguera se le llamó revolución). Tampoco fueron pocos sus actores: Al citado Copérnico hay que sumar como mínimo a Tycho Brahe, Johannes Kepler, Giordano Bruno y  Galileo Galilei, siendo quien remató la jugada un soberbio Isaac Newton, que fue quien estableció la fórmula matemática de aquello a lo que nos enfrentábamos si queríamos salir volando de la Tierra: la Gravedad. Sin embargo, una década antes de que se publicase De revolutionibus orbius coelestium de Copérnico (póstumamente por Andreas Osiander, siempre hay que decirlo), el poeta Ludovico Ariosto narró en Orlando furioso (1532) cómo Astolfo, hijo de Otón, rey de Inglaterra, viaja a la Luna en un Hipogrifo. El famoso Cyrano de Bergerac, un siglo después, narra también otro viaje a la Luna; esta vez es él su protagonista y afirma que los selenitas tienen enormes apéndices nasales como señal de inteligencia y virilidad. En las mismas fechas, dos obispos ingleses, Goldwin y John Wilkins, escriben sendos libros sobre aventureros camino de la Luna. Un profesor de matemáticas de la Universidad de Ferrara, el jesuita Francesco de Lana-Terzi, elaboró, entre el 1648 y el 1692, un interesante proyecto de astronave, incluido en uno de los volúmenes de su doctísima obra Magisterium naturae et artis. Dicho diseño es un anticipo del aerostato que aparecerá, cien años más tarde, con los hermanos Montgolfier. De 1634 también es Somnium, escrito por Johannes Kepler y considerada por Issac Asimov como el primer relato de ciencia ficción como tal; en él, el astrónomo alemán citaba explícitamente a Luciano. Así comenzaba la rehabilitación del escritor griego. El samosatense influyó enormemente a los escritores del Siglo de Oro español, llegándose incluso a calificar el relato satírico-fantástico como lucianense. Cervantes (lector de Luciano), utiliza técnicas narrativas del greco-sirio en El Quijote. Pero lo que terminó de prender la mecha de la imaginación de poetas y marcianos fue Juan Heveluis (1611-1687), que demostró que alrededor de nuestro satélite el aire estaba, por lo menos, muy rarificado. La Selenografía de Hevelius fue publicada en 1647 y causó gran impacto en la comunidad científica y literaria. En 1672 la ciencia escaló otro peldaño de cara a ver realizados los sueños de los viajeros espaciales. En esa fecha, Giovanni Cassini logró efectuar la primera medición, bastante aproximada, de las distancias entre los planetas. Aún así, todavía era preferible continuar confiándose a la fantasía, enlazándola con la realidad aunque fuese de forma disparatada, pues de otro modo no se explica cómo logró El Barón de Münchhausen subir a la Luna para recuperar su hacha de plata, sirviéndose de una planta de judía de España, que creció en un abrir y cerrar de ojos.



El escritor dálmata Bernardo Zamaga, en 1768, presentó en un libro titulado Navis Aeria, un proyecto de astronave que recuerda al de Lana-Terzi. No obstante, don Bernado, impresionado por la distancia entre los planetas señalada por Cassini, no se atrevió a empujar su astronave por los caminos que conducen a la Luna. Se limitó a hacerla volar (con la imaginación, se comprende) alrededor de la Tierra.

El propio Newton proyectó una nave cósmica a reacción, y François Voltaire hizo viajar por los cielos a un habitante de Sirio y a otro de Saturno. Otro francés de sintomático nombre, Louis Guillaume de la Follie, escribe, en 1775, El filósofo sin pretensiones. El protagonista es un habitante de Mercurio, inventor de una máquina volante.

Sirio… Saturno… Mercurio… El siglo XVIII acaba y parece que la Luna está pasada de moda; en cambio, el hombre (para la Historia el hombre se llama François Pilâtre de Rozier) no ha efectuado más que un vuelo de veinticinco metros, sujeto a un globo, mientras que la Luna sigue ahí, tan inalcanzable como siempre.

El siglo XIX es el del romanticismo, y nuestro querido satélite, más que nunca, se convierte en el refugio de los lamentos de las almas soñadoras, en el ídolo de los poetas mayores y menores. Al menos hasta la llegada de Julio Verne, donde todo comienza a adquirir un tono “peligrosamente” real y realizable… Verne hace surgir de su pluma a Barbicane, Nicholl y Michel Ardan, protagonistas de las dos novelas, De la Tierra a la Luna y Viaje en torno a la Luna. En ellas se relata la extraordinaria empresa que permitió a estos tres bigotudos caballeros “entrar en órbita” alrededor de la Luna, a bordo de un enorme proyectil, disparado por un mortero (el “Columbiad” montado en un hoyo de 100 metros de profundidad “a 27º 7´ de latitud Norte y 5º 7´ de latitud Oeste” (es decir, ¡en Cabo Cañaveral!... así que, o había un ilustrado y valiente bromista en la dirección del proyecto norteamericano de la NASA, o don Julio era vidente además de visionario).



El siglo XX se abre con un título profético, Los primeros hombres en la Luna, escrito por H.G. Wells. Con el progreso científico y los rápidos adelantos de la astronáutica, las narraciones sobre los viajes a la Luna se hacen mucho más frecuentes. En 1904, el físico ruso Konstantín Tsiolkovsky, escribe Filosofía Cósmica, donde especula sobre el futuro de la humanidad, planteando la conquista eventual del cosmos. Suya es la famosa frase: “La tierra es la cuna de la humanidad, pero no se puede vivir en la cuna para siempre”. Tsiolkosvky escribió más de 500 trabajos sobre viajes espaciales, llenos de bosquejos de cohetes de propulsión líquida, y repletos de multitud de temas relacionados con la astrofísica que sirvieron de inspiración y base para los futuros ingenieros soviéticos, que fueron los que acabaron poniendo en órbita, entre otros, a la perrita Laika y al gran Yuri Gagarin. El siglo XX es, también, el siglo del cinematógrafo. El film de Meliès, Viaje a la Luna, de 1902, proyectó en esta caverna platónica llamada Tierra, los sueños que durante miles de años los humanos habíamos tenido sobre llegar a la Luna.




Por primera vez en la historia de la humanidad, los avances científicos y tecnológicos corrían en paralelo a las históricas ansias de surcar el cosmos. Ahora sí resultaba evidente que sólo era cuestión de tiempo, de muy poco tiempo… Así que los temores comenzaron a ser otros. Las dos guerras mundiales casi hicieron olvidar todos esos cómicos deseos, pero aún así seguían surgiendo novelas sobre el tema. Comenzar a nombrar escritores sólo nos llevaría a olvidar a otros (¿por dónde empezamos, por Karel Capek, Alexander Bogdánov, Alexei Tolstoi, Edgar Rice Burroughs, Issac Asimov, Stalislaw Lem o Philip K. Dick?), así que sólo haremos el amago.




El mundo que quedó después de la II Guerra Mundial ya no era el mismo: había hambre, había tristeza, había muerte y había miedo. Miedo a que la próxima contienda fuese definitiva. El comunismo y el capitalismo habían descubierto el arma definitiva. El terror que se había desatado en Hiroshima y Nagasaki, si se repetía, sólo podía ser peor. El gran conflicto que parecía estar a punto de desatarse sería el que hiciera desaparecer a la humanidad definitivamente. En este sentido, fue la industria cinematográfica la que más prolíficamente nutrió la imaginación (núbil o apesadumbrada) de los hombres. Mientras la URSS intentaba encontrarse a sí misma después de la hecatombe que supuso el terror stalinista, su producción cinematográfica en este sentido fue escasa pero con impronta. De 1935 es El vuelo espacial, donde se cuenta la historia de un grupo de científicos que trabajan en la creación de una nave espacial llamada Iósif Stalin, llena de efectos especiales soberbios y asombrosos para la época. También es obligado mencionar El planeta de las tormentas, de 1961, donde un grupo de cosmonautas soviéticos vuelan a Venus, o Nebulosa de Andrómeda, de 1967, donde también se narra un viaje espacial, pero esta vez hacia un planeta imaginario.



Por su parte, en los Estados Unidos se pusieron todos los medios para erradicar el comunismo de su territorio: se crearon comités de conducta, y surgió la tan conocida Caza de Brujas del senador MacCarthy y el comité de Actividades Antiestadounidenses. Durante los años cincuenta surgieron innumerables películas, llamadas de Serie B, con pocas pretensiones pero con argumentos delirantes, realizados en un momento álgido de la Guerra Fría. Aquellas películas intentaban sublimar y canalizar todo ese miedo. Ultimatum a la Tierra (The Day the Earth Stood Still, 1951) de Robert Wise, es uno de los clásicos indiscutibles, así como La Guerra de los Mundos (War of the worlds, 1953), basada en la novela de H.G. Wells. Merecen también ser nombradas Invasores de Marte (Invaders from Mars, 1953) y la sublime La invasión de los ladrones de cuerpos de Don Siegel, estrenada en 1956. Es cierto que en ellas hay poco viaje espacial y sí mucha invasión alienígena a la Tierra, pero quien lograra sobreponerse al susto de ser abducido, seguramente soñara con surcar el espacio. También es cierto que se hacían joyas más enfocadas a lo que nos ocupa, como Planeta Prohibido (Forbidden Planet, 1956), basada en La Tempestad de Shakespeare. Paradigma y colofón de toda esa ebullición cinematográfica es Batalla más allá del sol, película de ciencia ficción rusa, filmada en 1959 y dirigida por Mikhail Kayukov y Aleksandr Kozyr, donde se habla de “la carrera espacial” de dos naciones futuras que compiten por convertirse en los primeros en llegar a Marte. En 1962, Roger Corman compró y remontó el film, haciendo dirigir algunas escenas a Francis Ford Coppola, el cual utilizó el seudónimo de Thomas Colchart para realizar la labor. Fue definitivamente durante los años sesenta cuando el tema se desborda de tal modo que impregna todos los ámbitos, televisión incluida, por supuesto, desde la que surgen series inolvidables como la inglesa The Thunderbirds (1965) o las series de animación de Hanna Barbera, The Jetsons (1963, llamados Los supersónicos en español), The Space Kiddettes (1966, Meteogro y los niñonautas del espacio). Incluso The Beatles, en su versión cartoon, viajaron a la Luna. 

La guinda la puso Frank Sinatra al grabar en 1964 el tema Fly me to de Moon, epítome de los cientos de canciones que tienen como protagonista a tan ansiado astro. Con todo ello, no es de extrañar que 600 millones de espectadores acabasen viendo en 1969 la retrasmisión del alunizaje “real” (cada cual que quite o mantenga las comillas). Porque, mientras la ficción seguía alimentando ese ancestral sueño de surcar el cosmos, dos hombres totalmente opuestos estaban dispuestos a llevarlo por fin a cabo. De un lado, Sergei Pavlovich Korolev, ingeniero comunista, el Diseñador Jefe, responsable de todos los éxitos soviéticos en este campo, entre otros el de poner el primer satélite artificial en órbita, conseguir la primeras imágenes del lado oscuro de la luna, enviar los primeros satélites a Marte y Venus, o lanzar al primer hombre al espacio con éxito, orbitando alrededor de la Tierra, y devolverlo con vida… Y del otro lado, Werhner von Braun, ingeniero alemán de pasado nazi, creador de los temidos misiles V-2, rehabilitado por los Estados Unidos y puesto al frente de la NASA, artífice final de ese pequeño paso que dejó una huella indeleble en la superficie lunar.

No deja de resultar curioso cómo, después de todo este largo recorrido trufado de obras que daban rienda suelta a ese deseo de llegar a la Luna, una vez que por fin pudimos conseguirlo, la hayamos desterrado de nuestros sueños estelares y la pobre Selene haya dejando de ser objeto y señora de tan bellos anhelos de libertad y aventura. Con todo, la Luna fue nuestro primer amor, y eso nunca se olvida.




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