jueves, 21 de septiembre de 2017

A propósito del libro "Aliméntame" de Roman Simić

Texto de la presentación del libro "Aliméntame" de Roman Simic, editado por Baile del Sol, 20 de septiembre de 2017 en la Librería Vergüenza Ajena, de Madrid.
Me propusieron participar, pero no pude ir, así que escribí este texto para que alguien allí lo leyera.




Buenas tardes:

He de empezar confesando algo: la tarde que leí el escueto mensaje de Inma Luna proponiéndome participar en la presentación de “Aliméntame”, literalmente, me puse malo. Nada el plan escatológico; simplemente me puse colorado hasta las orejas y tuve una serie de sudores fríos un tanto desagradables. Los que me conocen dicen que no sé mentir, o más exactamente dicen que salta a la vista cuando miento; me pongo rojo como un tomate y sudo como si estuviera al borde de un infarto. Mentir o avergonzarse, a saber qué fue primero.

Supongo que esa es una de las razones por las que escribo, porque puedo fabular lo que quiera sin que nadie se fije en cómo mi cuerpo reacciona a todo eso que mi cabeza crea. No siempre es así, la mayoría de las veces cuando escribo  logro controlarlo, pero la vida es otra cosa. Sin embargo a veces lo paso mal, pero es poco el peaje y siempre me gusto a mí mismo cuando consigo llegar al final, sea este cual sea: punto y final, the end, continuará, capítulo, artículo, relato o primer acto, pues hay una certeza terrible en el hecho de escribir, una certeza que todos olvidamos o fingimos haber olvidado, y es que un texto nunca se acaba, ni por parte del que lo escribe, que podía pasarse la vida corrigiéndolo si pudiera o le dejaran, ni por parte del que lo lee, ya que es bien sabido que no hay dos personas que lean de igual modo el mismo texto. Mi Anna Karenina no se parece a la de nadie más, y no es porque yo sea especialmente desgraciado, sino porque es solamente mía. Mi Kolja, el inmenso personaje del relato de Roman Simic, “El hombre con bragas de mujer”, tiene la cara de mi otorrino; una vez le vi reír mientras le contaba mis últimos dolores de oído y pensé: “así reiría Kolja si yo fuese Bruno”. Y el hospital donde ambos fabulan sobre la historia de los muertos que estudian, se parece mucho al hospital 12 de Octubre en 2002, cuando estaba en obras y de los techos colgaban cables, apestaba a lejía y yeso y metían a los pacientes de cardiología en la planta de geriatría.

De todo esto que acabo de decir quédense solamente con una cosa: que fue leer que Inma Luna me proponía presentar el libro de Roman Simic y que me puse a sudar mientras la piel de mi rosto se incendiaba. Normalmente una persona reacciona de este modo cuando siente vergüenza por algo o de algo, vergüenza de algo propio, por algo que está dentro de nosotros y que nos incomoda. A mí lo que me incomodó de la propuesta de presentar este libro no fue que esté enamorado de la literatura de Roman Simic y que Inma Luna pensase en mí para hacerlo; lo que me incomodó fue yo mismo, y sentir inmediatamente, de manera física, que lo que podría decir sobre “Aliméntame”, podría decirlo cualquier otra persona mucho mejor y que, vaya, igual no merecía, ni merezco tanta suerte.

Realmente el verdadero dilema es que hablar de “Aliméntame” me obliga a pensar, a dejar de ser algo así como un fan más o menos entusiasta, un lector anónimo, viéndome forzado a tener que descubrir los resortes de su literatura. Hablar de “Aliméntame” me obliga a articular lo que puedo sentir al leerlo para explicarlo razonadamente y que, además, alguno de los que están escuchando estas palabras, sientan la necesidad no solo de comprar este libro, sino de leerlo con avidez. El problema es que hay cosas que no se pueden razonar, o al menos yo no sé. ¿Por qué me acelera el pulso la música de Coltrane o de Iron Maiden, por qué me hace llorar la pintura de Pavel Filónov, por qué me sonrojo cuando veo a Julie Christie interpretando a Lara en Doctor Zhivago, por qué no puedo dormir cuando leo a Bulgakov o a Miljenko Jergovic? No lo sé. Pero me pasa. Me gusta responder del mismo modo cuando algo me interpela visceralmente. Dejando de lado el tema de “la otra mejilla”, me gusta responder con pasión a la pasión, me gusta responder al trabajo con trabajo, y también me gusta responder con desdén al desdén. Siempre hay excepciones, claro, pero reacciono así. Y la literatura va de eso, de interpelar al lector contándole una historia de la mejor manera que uno sea capaz esperando una reacción. Empatía de alto espectro, podríamos llamarlo, no es algo que uno deba aplicar a todos los aspectos de la vida, pero tampoco está mal cuando hablamos de arte.

Salta a la vista cuando un escritor te mira a los ojos y te reta, cuando se ha dejado un trozo de su vida por contar la de alguien que no existe, o que no existe al menos en teoría; se nota cuando el talento de un escritor ha conseguido salir y te lo ha dejado a la vista en un párrafo genial. Y también al revés: uno con el tiempo puede saber cuándo le dan gato por liebre. Como dice Rafael Reig, lo que más me molesta en la literatura es cuando me intentan vender como jamón de pata negra lo que no es más que mortadela. Entonces, ¿por qué creo que la literatura de Roman Simic objetivamente es muy buena y, personalmente, considero que me partió por la mitad cuando lo leí por primera vez? Intentaré articular una pequeña explicación.

“Aliméntame”, el libro, tiene la embaucadora verborrea fabulosa que oculta lo que de verdad merece ser contado pero nunca se dice. Relatos como “Objetos que se hunden” o “Telefonía”  son pequeñas estampas que te reconcilian con la literatura y echan el freno a la fugacidad con la que nos obligan a vivir la vida. Relatos cortos que tienen el mismo peso que otros más largos, como “De todas las cosas increíbles”, donde Strajcer, La cubana, Neda o Lada son las imprescindibles teselas de un mosaico terriblemente hermoso. Leer a Roman Simic te sumerge en una especie de ebriedad literaria y sí, deja resaca, pero no es la dolorosa y típica resaca de la mediana edad, sino la de los veinte años, cuando los libros resultaban tan vitales e imprescindibles como los amigos o unos hombros desnudos iluminados por una persiana a medio cerrar.

Curiosamente yo no estoy aquí hoy, frente a ustedes, y la mayoría de los presentes pensará que ese es el motivo por el que he empezado mi presentación de ese modo, porque la timidez me resulta patológica y me hace no estar donde debería, pero no es así. No estoy aquí porque no he podido. Nada me hubiera gustado más que hablar con Inma Luna, conocer a Lucía Sesma y poder estrechar la mano de Roman Simic y balbucear un torpe “gracias”, aunque solamente fuese para poder decirle a mi hijo, dentro de diez años, mientras le doy uno de sus libros recomendándoselo, que una vez le conocí y hablé un rato con él, no solo porque en "Aliméntame" sobrevuela la idea de la paternidad, sino porque, desde que nació mi hijo, he asumido una nueva categoría en eso de valorar los libros que leo en "libros que le recomendaría, o me gustaría que leyera mi hijo llegado el momento" y los que no. 

Lamentáblemente, no estoy aquí por obligaciones laborales, que son las peores obligaciones a las que uno puede sentirse atado; de hecho la únicas obligaciones que deberían existir son las obligaciones morales, eso que Kant llamó el imperativo categórico; el resto de las obligaciones son una mierda, pero la vida es así, dicen. ¿Y cómo es la vida? Pues en estos momentos pienso que la vida es como la cuenta Roman Simic. Seguramente ese debería ser el argumento que tendría que esgrimir para invitarles a leer el libro que hoy presentamos. ¿Por qué leer este libro? Porque cuenta cómo es la vida, hoy, en Europa, con nuestro pasado, quizá no común pero sí compartido, con todo lo que merece ser salvado o expurgado como humano, y lo hace de una manera que es menos habitual de lo que parece, pues si hay algo en los libros de Roman Simic que no resulta habitual es precisamente el brillo en el lodo, tanto en la forma como en el fondo, la maravilla en la medianía, la perla en el tumulto. Escribe como yo sueño con escribir.

En el relato que da título a este libro, Roman cuenta cómo un padre le dice a su hija de 13 años cuando la encuentra intentando dibujar unas peras sobre una manzana, o una manzana sobre una peras: “Inténtalo… No dibujes lo que es importante para ti. Dibújalo todo menos eso.”
Así veo yo su literatura, y por extensión, la demás.
 
Artists Boris Bare and Dominik Vukovć with the Gulliver model Hrvoje Zalukar. Zagreb.



En “La rendición de Breda”, el cuadro de Velázquez también conocido como “La Lanzas”, se supone que lo importante es la entrega de las llaves de la ciudad por parte de Justino de Nassau al general Spínola; sin embargo uno no puede dejar de ver también al personaje de la derecha, con pechera blanca, que parece que se acaba de sacar un moco, o el magnífico trasero del caballo que realmente preside la escena, o mirar a esos personajes aparentemente secundarios que nos miran o están perdidos dentro de sí mismos, o contar las 34 lanzas que intentan desviar la atención del humo de la contienda tras la cual yacen cientos de cuerpos ensangrentados. Es el truco del vacío. Es un truco sencillo, pero precisamente por eso hay pocos que saben hacerlo bien. He puesto un ejemplo demasiado obvio para explicar algo igual de obvio, pero no quiero que piensen que Roman Simic escribe humanamente épico, lleno de trampas y lugares comunes, al contrario; su escritura tiene poco que ver con las grandes gestas, pero aún así no olvida que la escena, que lo que está contando, es la misma: está la silenciosa presencia de la guerra o su recuerdo latente, está el desmembramiento que genera, pero todo está lleno de gente, de personas que quieren saber dónde están y porqué. Para entender cómo se siente Helena, la protagonista del relato “Aliméntame”, hay que leer todo lo que la rodea, su pasado y su presente, en un relato que es como los destellos de flash de te ciegan durante un instante antes de que puedas ver la foto, una foto que se resuelve, tanto en este relato como en el cuadro de don Diego, en unas manos que se buscan, ofreciendo consuelo, ayuda o rendición.



Y como ese relato, los demás. El segundo párrafo del relato que abre el libro, titulado “Zorros”, se lee: “En otoño de 1991 yo salía del cuartel del JNA en el sur de Serbia, tú alargabas a la fuerza tus vacaciones de verano en una isla del Adriático y tu padre desaparecía en Vukovar”. He ahí la maravilla.
La pirueta final de todo es cuando descubres que lo importante tienes que descubrirlo tú, pues Roman Simic no lo ha escrito en ningún lado; eso sí, te ha dejado una montaña de miguitas esparcidas al tu alrededor, pero resolver el puzle es cosa tuya. Él bastante ha hecho con  escribir como escribe, dejándote en el rostro la sonrisa del boxeador a punto de caer noqueado sobre la lona, no entendiendo nada pero comprendiéndolo todo. Como le dice Helena a su padre muchos años después de que le desvelara el truco del vacío, viéndole perdido en el bullicio de un aeropuerto: “El truco está en leer los letreros. Lees. Sigues.”

 
Lucía Sesma y Roman Simic en un momento de la presentación.


Pincha en la imagen para ir a la página del editor.



lunes, 7 de agosto de 2017

Reedición de "Cardiopatías" por la Editorial Baile del Sol



Esto que voy a decir es mentira, aunque como en toda mentira, algo de verdad hay en ello, y es que, a veces, pienso que dejé de hacer reseñas de los libros que leo en este blog a raíz de comenzar a leer con mayor regularidad a autores con los que comparto editorial. En alguna de esas lecturas, quizá Roman Simic, quizá Ana Esteban, quizá Markéta Pilátová, me dije a mi mismo que no sonaría muy creíble si me descolgaba con una reseña elogiosa de la que es mi editorial en estos momentos. Eso, unido a todo lo demás que uno pueda imaginar de rutinas y vida privada no exenta de problemas, dieron al traste con la "regularidad" y las reseñas en el blog. En su momento hice una reseña de "En los antípodas del día", antes siquiera de soñar con formar parte yo también de la editorial Baile del Sol, por lo que me sigo reafirmando en lo que dije en su momento sobre ella sin que caiga sobre mí ninguna sombra de duda acerca de mi sinceridad. Y sí, en este tiempo he simultaneado libros de mi editorial en mi menú habitual de lecturas deslavazadas, por lo que me asombra cada vez más formar parte de su catálogo, pues cómo si no explicar que uno comparte editorial con (o tengo libros firmados por mí junto a libros firmados por) el citado Roman Simic (si "De qué nos enamoramos" me deslumbró, "Aliméntame" ni lo cuento), David Albahari o Ivica Prtenjaca ("Qué bien, qué bonito" es tan envenenado como aparentemente liviano)... Luego están "Stoner", claro, qué más puede decir uno de "Stoner" más que insistir en que se lea, se relea, se regale, se compre de nuevo, se mime, se admire, y se piense que el mundo es menos feo con un libro así disponible por ahí, sino que también están Pablo Escudero ("Beber durante el embarazo" es una auténtica joya literaria, como lo podría ser la más que recomendable novela "Mil dolores pequeños" de haber sido calibrada con un poquito más de certezas y con un editor de esos que salen en la pelis y que dicen que antes existían pero que ya es imposible, vamos, de esos que discuten y enmiendan al autor y le obligan a sacar más de lo que el propio autor creía poder sacar, en los tiempos en los que la literatura parecía tener alguna relevancia social y en a que merecía la pena invertir tiempo y dinero), y Pérez Vega, y Yolanda Delgado Bautista ("Puro cuento", su título lo dice todo). Ahora estoy con José L. Scarpelli ("Palimpsesto"). Tampoco me veá con la salvedad moral de poder reseñar libremente "Mi vida con Potlach" de Inma Luna... ¿Daños colaterales? Que tampoco he dicho ni mu de libros que me han gustado y con lo que ni por asomo comparto editorial (y por soñar no ha sido). Pero yo venía aquí a hablar, además de mi editorial y de lo que supone para mí formar parte de ella a pesar del vacío mediático (no por mis libros, sino por lo de los que he citado),  de mi libro... venía a hablar de mi libro... 

Tras la publicación de "La muñeca rusa" por parte de Baile del Sol, hecho que salvó mi vida (literaria o no, allá cada uno con su propensión a creer exageraciones) y me hizo sentirme con la fuerza suficiente para terminar una nueva novela (y comenzar inmediatamente, en mi cabeza, a germinar dos más), me propusieron publicar también "Cardiopatías", ese libro de relatos que saqué con un crowfunding. Ese hecho tuvo el mismo significado para mí, no solo me sacaban de la cloacas literarias, sino que me permitían tener un pasado que, de alguna manera, me dibujara o definiera. "Cardiopatías", sus nueve cuentos, son el mosaico literario de ese periodo entre "Cuando acabe el invierno" y "La muñeca rusa", es decir, lo que escribí y no tiré (más importante lo segundo que lo primero) durante siete años, en medio hubo dos relaciones sentimentales fallidas, una enfermedad con su decadencia y su posterior recomposición vital, perder un mundo y no saber encajar en el que me encontré (el de todos), tomar caminos acertados y fallidos, escribir, tirar, escribir, tirar, tirar, tirar, tirar, leer y pelear encarnizadamente, con sangre, vísceras y locura, con el sentimiento de querer ser escritor y no saber ni lo que eso realmente significaba ni si yo, un desclasado lumpen tan arrogante como patético, merecía sentirme uno, vertebrando mi vida a través de la literatura. Luego tuvo que llegar la ruina económica y el amor, pero sobre todo tuvo que llegar mi hijo para descubrir que la columna que me sostiene es únicamente él, para descubrir que ya era demasiado viejo para todo pero que por suerte había aprendido a mantener a raya el deterioro físico lo suficiente como para sentirme con tiempo para cualquier sueño que hubiera podido salvar a estas alturas de la historia. De eso dan cuenta los relatos de "Cardiopatías", subtitulado para esta reedición como "Relatos de insumisión y dudas", por eso de facilitar su búsqueda en google y por ponerle un sello, como un pasaporte que de cuenta de un viaje que de alguna manera terminó. Que, además de salir en la editorial que sale, "Cardiopatías" contenga un emocionante prólogo escrito por Pilar Rodríguez, hace que la sensación sea infinitamente grata. Y ahí está de nuevo, con precioso y definitorio dibujo en la portada de Inma Luna (gracias infinitas) y los originales dibujos de Andrea Hauer en su interior, reviviendo gracias a Baile del Sol ejerciendo de desfibrilador literario y a los que nunca les podré agradecer suficiente todo lo que han hecho.





jueves, 22 de junio de 2017

Confesiones de un amo de casa frustrado, capítulo 6




Sentirme un esclavo. Ser yo solo a veces. Y que esos momentos me devuelvan el rostro que no quiero ver, la traición de la desidia. Trabajo en un fábrica. No será por mucho tiempo. Cubro una larga baja por enfermedad. No pude decir que no. Nada apuntaba a que la elección fuese la errónea. Pero lo fue. En la entrevista previa no me dijeron realmente ni en qué consistía el trabajo, ni el sueldo ni el horario. Lo que me contaron poco se corresponde con lo que he de hacer. La vida son relaciones de poder. La literatura, la que de verdad importa, solo puede tratar sobre relaciones de poder. No hay más. El resto es mentira. Existen infinitas maneras de representar las relaciones de poder; aunque pueda parecer extraño, así es. Si detrás de cualquier trama no existe el pulso violento del combate contra, por o entre el poder, entonces es literatura fallida, falsificación de la vida, aunque la trama verse sobre visitantes de Urano, las Saturnales romanas o la vecina del segundo. Y la vida está ahí para recordar(me) eso. Constantemente. Y también constantemente lo olvido; he ahí la contradicción de mi vida. Trabajo en una fábrica. parte de mi sueldo se lo queda otra empresa, a la que la gerencia de la fábrica paga para que yo trabaje por un sueldo miserable. Vendo tiempo de mi vida por un puñado de dinero que apenas solucionará nada porque resulta risible. El horario es igualmente infame. Por el camino se quedó aquello de los derechos laborales, vaya uno a saber dónde. 20 horas en dos días, 14 de ellas seguidas sin apoyo de ningún compañero. Si hay mucho trabajo, me las veo y me las deseo para poder ir a mear. Si como algo es furtivamente. Los compañeros son buenos. Eso nos salva. No sé si a ellos de la misma manera que la que yo siento que me salvan a mí, espero que sí. Me salvan, pero no me redimen. Nadie puede salvo mi hijo. Quizá por eso es la primera vez que no abandono. Perdón, he utilizado un verbo a propósito para dar pena. Abandonar. Realmente no abandonaría. Nunca he abandonado, uno no puede abandonarse  a sí mismo. He dejado trabajos antes por mucho menos para no olvidarme de mí mismo, para decir "no", para poder regresar a casa (esa es mi suerte, mi milagro, el privilegio, que siempre he tenido un hogar al que regresar, ya hayan sido mis padres, mi pareja, mis ahorros, una habitación de hospital, la vivienda que tuviese alquilada -o la habitación de una-). ¿Esta vez es diferente? Supongo que sí. Me enfrento a un trabajo alienante, donde me explotan física y mentalmente, donde parte de mi sueldo se queda en una empresa que vende esclavitud a través de la palabra integración. No digo que no porque no soy yo solo y es pasta. Me consuelo con la esperanza de otro trabajo esporádico sin intermediarios y con sueldo decente que ha de llegar porque cada año llega, al menos durante tres meses. Tengo casi 43 años. La precariedad laboral es un estado que alimenta mi cinismo, nada más. El reverso es el trabajo en casa, los meses que ejerzo de puntal de la intendencia de mi hogar. El otro día, a punto de tirar la toalla en la fábrica me dije a mi mismo una frase: "soy feliz cuidando de mis hijos y mi mujer, soy feliz haciéndoles la comida, teniendo limpia la casa, su ropa planchada, estando ahí a la entrada y la salida del colegio, ayudando a hacer deberes, lamentándome por ser una fregona, una chacha, el último mono, soy feliz siendo eso, y no esto, no en esta fábrica donde el miedo sobrevuela y la tensión a veces ahoga". Y seguí. Al igual que seguiré los 7 días seguidos que me tocan de nuevo, y luego, y luego... y ya... Porque hay un "se acabó" no muy lejos.

He de admitir que no soy ningún héroe, al contrario, si escribo esto es precisamente porque no lo soy. Nadie me desprecia tanto como yo mismo. Señalo la herida pero lo hago in perder de vista la salida. Lamento mi situación, pero en la puerta siempre tengo el coche esperándome con el motor en marcha. Lo cual no quita para que en mi cabeza se dibuje un estado de cosas infame. Gente que lucha por ganarse la vida sabiendo que la estafa es cada vez mayor, que la especulación desbocada propiciará que el fin sea no solo terrible sino inminente. La paradoja está en la resignación de los trabajadores, pues no otra cosa mantiene el orden, dilatando ese fin que parece que llega pero nunca aparece, y nunca aparece, y nunca aparece, entre otras cosas porque todos somos reemplazables, y con cada nuevo reemplazo la resignación de renueva, y así la máquina sigue funcionando. De igual modo estos días se me ha hecho evidente algo, una nimiedad, y es que, mientras los trabajadores de la fábrica de más de 45 tienen un marcado sentimiento de clase, los menores de 30 no muestran ni rastro de eso. Todos se quejan igual, pero los jóvenes con un cinismo chocante sin el más mínimo rastro de reivindicación. Claro que tampoco les culpo, los mayores, con toa su razón de clase han conseguido más bien poco, es más, en esta fábrica en particular, las sardónicas risas de los jefes resuenan constantemente incluso sin que ellos estén por ahí. ¿Y los que estamos entre esa franja, entre los 30 y los 45? Supongo que bastante tenemos con sobrellevar la desolación de habernos creído que nos merecíamos otra cosa, que era casi natural que nuestra valía y formación nos reportase un futuro mejor. Y mira... Deberían arder tantas cosas que no arden. Comenzando por algunos corazones que merecen ser inflamados de ese modo y terminando por algunas edificaciones ... Joder, qué pena, parece que he vuelto a ver "Germinal", y no...

Tengo la sensación de que hacía siglos que no escribía. Tampoco leo mucho, la verdad. Estoy muy cansado, y el poco tiempo del que dispongo dormito. A lo sumo me permito fantasear; me agarro a esas cuatro cosas extraordinarias (un artículo en una revista, un correo electrónico que demoro en acabar yéndome un poco por las ramas, bordeando el límite de las normas de cortesía, y soñando, sobre todo soñando) y espero que el despertador haga girar la rueda de nuevo. Apunto mentalmente cosas para la nueva novela sin tener la certeza de que alguna vez pueda escribirlas (porque las olvide). Del manuscrito que envié a esas dos grandes editoriales no sé nada. Tampoco espero una respuesta inminente. Quizá, y ese es un pensamiento alimentado por el fueguito del orgullo, la autoedite. Lo curioso es que es algo que hoy por hoy me da igual. Me gustaría que cambiaran cosas, pero ya tengo edad para aceptar que posiblemente nunca suceda nada. Antes de todo esto di un pequeño taller de escritura a un puñado de gente que resultó ser maravillosa (los 9 que quedaron de los 16 que empezaron). Tras dos sesiones titubeantes y caóticas por mi parte, conseguí urdir 4 clases medianamente buenas, lo cual me llenó de alegría. Y que alguno de los 9 me lo dijera por privado más aún. Pero así son las cosas, efímeras y fugaces. Ni sé cuándo me van a pagar, y la cantidad roza lo ridículo, amén de los quebraderos de cabeza para poder cobrar sin que el fisco me pegue el susto (que está por ver si no es así al final). Pero, como digo, eso fue hace un mes, y ahora estoy "al" otro lado, y por suerte que estoy "en" otro lado, aunque esta vez haya caído en un antro alienante y explotador. Desde luego que la posesión de los medios de producción es la clave. Poder, relaciones de poder; establecer determinado movimiento en el engranaje social como para que la libertad de una de las partes sea casi inexistente y así ejercer coercitivamente el dominio suficiente para el mantenimiento de la estratificación social. Comprar y vender. Comprar(se) y vender(se). Ya no están de moda los escritores currantes tipo Monteagudo, ni los misteriosos salidos de dios sabe dónde tipo Carrasco; los apocalípticamente lumpen como Marta Sanz o Pablo Guitiérrez ya están asentados y ahí siguen (y gracias)... para qué seguir, no era mi intención acabar haciendo una lista (malditas listas, ¿verdad, don Ricardo, añoradísimo Ricardo Piglia?), todo está hipercompartimentado (reflejo inevitable de las clases sociales en las que nos movemos) y, ahora que he encontrado mi humilde nicho, mi pequeña editorial, tal vez debería cuidarla, aunque haya elegido escribir novela, y no cuentos, ni relatos breves, ni poesía, es decir aunque haya elegido la maratón, la carrera de fondo sin meta en ningún lado y no la carrera más o menos larga pero que resulta más fácil encajar en la vida diaria. Pero uno ha sido igual de suicida toda su vida, y no estoy por cambiar a estas alturas del partido.

El pequeño Pavel con sus candorosos cinco años dice que con lo que gane compremos una máquina de replicar, para poder así hacer una copia de papá y mamá, y que vayan nuestras copias a trabajar mientras nos quedamos cuidando de él. "Ojalá fuese todo así de fácil", alcanzo a contestar. Esta noche es su madre la que está de turno de noches. Me resulta admirable comprobar cómo hemos conseguido cuadrar nuestros turnos para que el estropicio familiar sea el menor posible. En cuanto acabe de escribir esto, me llevaré al pequeñajo a la cama para dormir con él. Sus pequeños ronquidos de osezno son la única frivolidad ñoña que me puedo permitir en estos momentos. También he de recordar sacar del congelador algo de comida para mañana. Ensalada de pasta y pechugas a la plancha. Y hablando de plancha...

jueves, 2 de marzo de 2017

Confesiones de un amo de casa frustrado, capítulo 5


Hoy voy a hacer un guiso. Es relativamente rápido y necesito cinco minutos para escribir algo. La lavadora puede esperar un día más, y la ropa acumulada que espera esa última colada para por fin ponerme con la plancha, también. El guiso será libre. Un sofrito lento durante 20 minutos al que añadiré pavo, coliflor, guisantes, zanahoria, judía plana, patata y quizá habas. Rehogar un poco todo y tapar. Olla rápida quince minutos y listo. La mopa y la escoba me esperan en un rincón, les repito que necesito sentarme a teclear un rato. Acabo de montar dos jardineras para la terraza.. Si miro alrededor y veo cómo dejaron ayer el salón el niño y la niña dejaría de teclear y me cagaría en su padre (que soy yo de uno y no de la otra), así que hago como si el desorden hubiera desaparecido por un instante. La casa se está aireando, así que en breve iré a cerrar ventanas y me tomaré el ansiado café. Nos hemos ido pasando los virus de unos a otros y por fin han llegado a mí. Congestión, tos y abortagamiento son mi estado natural para hoy; ayer ya lo fue. El médico me ha dicho que deje las pastillas de la tensión de momento y, que si sigue el dolor punzante entre los ojos, me mandará al oculista. Quería mandarme al neurólogo, pero le dije que no porque la última vez que fui querían hacerme una resonancia magnética y con la válvula del corazón no pueden. 120-88 de tensión y 68 de frecuencia tenía hace diez minutos. En orden, al menos para mí. Anoche, como me dolía la cabeza, tras acostarse todos me puse a releer el último manuscrito. Hacía diez meses que no abría el archivo. Durante todo ese tiempo se han ido sucediendo las cartas de rechazo por parte de distintas editoriales. Bueno, esto habría que puntualizarlo, porque solo han dicho que no 5, el resto guarda silencio, incluso la "mía". La última negativa fue diferente, porque vino acompañada de una larga carta personal, muy distinta a las habituales, modélicas y frías. Esta última negativa ha sido de una editorial que es relativamente importante (para mí es muy importante). Durante meses hemos tenido un intercambio de cartas sobre el manuscrito; cartas que mentiría si dijera que no alimentaban ciertos sueños y fantasías. Pero han dicho que no. Aducen que necesitaría un trabajo de corrección y edición enorme. Aducen que al final naufraga y se desprende de todo ello el problema principal, que para alguien tan anónimo como yo (literariamente hablando en este caso, en lo demás se sobreentiende que también)  sería un suicidio comercial dedicarme ese tiempo, por muy buenas cosas que puedan intuirse del manuscrito (que dicen que algo de eso hay) y no merece la pena el esfuerzo.  Mis lamentos iniciales se volcaron en ese "no es suficiente". Más de seis meses de espera sobre aviso me hicieron creer que quizá esta vez por fin fuese a conseguir algo distinto a lo habitual. Sin embargo al final todo ha sido lo previsible. "No es suficiente". Ese fue mi primer resumen. Es una aseveración extraña, porque realmente sé que NUNCA va a ser suficiente. La escala con la que he encontrado que se miden esos manuscritos que de vez en cuando cometo la arrogante ingenuidad de mandar por ahí son: Silencio administrativo, no encaja en nuestra linea editorial, regular lo sentimos, bien pero no, muy bien pero tenemos cerrada la programación a dos años vista y está muy bien pero no es suficiente. Nunca sí. (Baile del Sol no cuenta, baile del sol es distinta, baile del sol no merece ser medida en esos términos, baile del sol va tan por libre que son guerrilleros de verdad, tan heroicos como menesterosos). Es consolador pensar eso y quedarse ahí. Durante unos día lo fue. Porca miseria, maldita sea mi suerte, per qué, per qué, oh dioses, ¿por qué exigís una excelencia prístina a este vulgar desconocido cuando no dudáis en ofrecer ayuda y levedad a tanta bazofia? No hace falta responder. Lo sé. Por mi huevo de oro nadie da un duro. Para colmo, el artículo de Elena Bulgakova y "El maestro y Margarita" tampoco lo quería nadie, ni La aventura de la Historia, ni Drugstore ni nadie. Hace una semana tenía todos los boletos para sacar la bandera del malditismo y envolverme en ella, arrogante y descarado, y lamerme las heridas creyéndome un maldito Tolstoi. Sin embargo en la carta había más, y la releí despacio. Era personal y amable. Me invitaba a revisarla a fondo, sobre todo la última parte (pero no me invitaban a volverla a mandar si lo hacía, en literatura no hay exámenes de recuperación o de subir nota).


Ayer, como dije, después de un día agotador en casa (si eres de los que piensan que ser proletaria "ama de casa" -denigrante palabra, pero para entendernos me vale- no es un trabajo duro y ninguneado, deja de leer inmediatamente y que te jodan), abrí el manuscrito y me fui directamente a la última parte. Entre las décimas de fiebre, la tos y los mocos, al principio no distinguí el azoramiento, la vergüenza, las ganas de desaparecer. Tenían toda la razón, la novela naufraga al llegar ahí, pero no de manera torpe, sino de manera punitiva. No me consoló el hecho de no tener editor, agente o corrector que me ayude, de batallar a solas y a ciegas con una historia que se fue a las 600 páginas. Esta vez no... ¿Tolstoi yo? A la horca me deberían mandar por penar algo semejante. Había cometido un error garrafal, el error de correr, dar cosas por sentadas, añadir páginas insustanciales por el mero hecho de gustarme el estilo que había adoptado pero que no decían absolutamente nada y saltaba a la vista que la historia que tanto trabajo me había costado armar y mantener a flote, se me había desmenuzado entre los dedos. Casi 200 páginas así...  Como no tengo editor, ni agente ni corrector, tampoco tenía a nadie a quien llamar y pedir perdón entre lágrimas (que las hubo), aunque fuesen las dos de la mañana. De nuevo me encontraba solo en el descampado sin haber sido elegido por ningún equipo para jugar con ellos. Que me dijeran que no jugaba nada mal, no ayudaba, ni antes ni ahora, porque el caso es que no tengo equipo. Para empezar, ayer volaron sin dejar rastro casi 30 páginas. Por suerte, tuve la lucidez necesaria para parar a las 3:30, porque igual de las 610 páginas iniciales hubiesen quedado 200 y ahora no tendría manera de recuperar nada. Años de trabajo que han podido quedar en nada. Años de trabajo que demandan más trabajo, y a los que luego se ha de sumar, de nuevo, la espera, las cartas de presentación, la respuestas de rechazo... Eso si no hay ninguna editorial incauta que diga que sí (estoy pensando en la única que a día de hoy me ha dicho que sí). Me puedo poner en tres años más hasta que se publique (si se publica); me puedo poner en el resto de mi vida si sigo corrigiendo. Y hay una nueva historia emborronándose por ahí. ¿Por qué no me vale con el abrazo de mi hijo al salir del colegio, con su pulgar en alto cuando le pregunta cómo me ha salido la comida y tiene los carrillos llenos, por qué no me vale con lo que tengo, que sin duda es suficiente? Miento, claro que me vale, hoy por hoy me moriría si no tuviera eso, si no me sintiese vivo por dentro viendo a mi hijo correr y jugar. Supongo que mi mujer me quiere por lo que soy, y sin estas palabras yo no sería quien soy, aunque no ayuda a tener la casa tan ordenada como sería deseable ni a dejar de sudar y maldecir cuando viene la factura de la luz ni cuando el médico dice que me cuide. Lo sé, tengo lo que me merezco. Busco un par de fotos que digan algo para insertar y me voy a por la escoba... Mierda, el café se me ha quedado helado.

"Pablo corriendo", foto de Mercedes Fernández. Merferri.

martes, 28 de febrero de 2017

Elena Bulgakova y el destino de "El Maestro y Margarita". Artículo perdido vol 3.


(Artículo que no ha encontrado publicación sobre Elena Sergeievna Nurenberg, tercera mujer de Mijail Bulgakov y responsable de la publicación de "El maestro y Margarita)


Uno.

En eso que se puede llamar intrahistoria de la literatura abundan los relatos sobre las sorprendentes peripecias por las que ahora podemos leer algunas novelas que, en muchos casos, son maravillas literarias más grandes que la vida. Algunas resultan comúnmente conocidas, como la de John Kennedy Toole, así como la rocambolesca aventura del manuscrito de Boris Pasternak sobre el Doctor Zhivago, con aviones y agentes secretos de por medio y que ya nadie sabe si es cierta o no. Algo de suerte, muchísima tenacidad por parte del depositario de dicha obra, una fe imposible de explicar sobre lo contenido en ese puñado de hojas, un azar tan cruel como certero y una enajenada veleidad dentro de la industria editorial son algunos de los ejes que explican que esas obras hayan acabado publicadas (y las que no lo acabaron siendo y con las que uno puede fantasear hasta la locura). Que hoy por hoy podamos leer una novela llamada El Maestro y Margarita, obra cumbre de la literatura universal, de la literatura rusa en general y de Mijail Bulgakov en particular, debería ser motivo de asombro constante cada vez que alguien, en cualquier parte del mundo, pasa una de las páginas de sus múltiples traducciones, subyugado por las maravillas que contiene. Y que esto sea así solamente tiene una responsable, una mujer llamada Elena Serguéievna, última mujer de Bulgakov. A ella le debemos no sólo haber sido la inspiración para el personaje inolvidable de Margarita, sino el apoyo constante y tenaz que hizo que Bulgakov pudiera escribir dicha novela, cuya redacción se convirtió casi en una pesadilla para Mijail, una pesadilla surrealista que daría para otra novela a tenor de todo lo que sucedió durante la misma y después.

Museo Bulgakov, Moscú
Dos.

Es gracias al diario que Elena Serguéievna escribió desde 1932 que podemos reconstruir la vida de Bulgakov durante sus últimos años, pues él dejó de escribir el suyo en 1926, cuando le fueron confiscados junto al manuscrito de Corazón de perro  por la OGPU (policía secreta pre-KGB). En lo sucesivo sus obras fueron, año tras año, sistemáticamente expulsadas de los escenarios de los teatros y de los periódicos. Son los años de penuria y aún sus vidas no se han unido. En 1930 escribe una desesperada carta al gobierno, donde pedía que le permitieran trabajar o, al menos, le dejaran salir del país. El 10 de abril, dos días después del suicidio de Maiakovski, con un revólver preparado en el cajón de su despacho, recibe la famosa llamada telefónica de Stalin, que alivió un poco sus penurias, ya que éste prometió atender personalmente su pedido. Animado pero a la vez lleno de terror, Bulgakov tira el revólver en el estanque del Monasterio de Novodévichi y quema gran parte de un primigenio manuscrito de El Maestro y Margarita, que Elena Serguéievna rescata del fuego. Después llegó el trabajo en calidad de director adjunto del Teatro de Arte de Moscú. En 1932 Mijail decide reescribir la novela de memoria pero, como no podía ser de otro modo, el original tema diabólico (la visita del diablo al Moscú soviético), se ve desbordado por el tema de la confrontación entre el artista y el poder, el amor que vive junto a Elena y la literatura como salvación.


Bulgakov, un mes antes de su muerte
En aquellos años es peligroso confiar los pensamientos incluso a las hojas de un diario íntimo. Elena Serguéievna decide arriesgarse y plasma en el suyo todo lo que les pasa. Además anota multitud de frases, reflexiones y acciones de la persona que tanto ama. Si el amor del Maestro hacia Margarita es narrado en su gran novela, evidentes trasuntos de Bulgakov y Elena, es en el diario de esta última donde encontramos plasmado el amor de Margarita hacia el Maestro: “Eran frecuentes los momentos negros, realmente terribles, no de tristeza, sino de horror ante la vida literaria infortunada; pero si alguien me dijera que nosotros, que yo tuve una vida trágica, respondería que no, ni por un segundo. Fue la vida más clara que puede uno elegir, la más feliz. No hubo mujer más feliz, como lo fui yo.”
Y entre todo, colándose por todas las rendijas, el miedo. Las noticias funestas se sucedían como un siniestro desfile: la fatídica muerte de Sergó Ordzhonikidze, la de su amigo Zamiatin en París, la muerte de Ilya Ilf: “Estamos absolutamente solos —escribe en su diario Elena Serguéievna —. Nuestra situación es espantosa.” El miedo y, al mismo tiempo, el indestructible deseo de vivir y amar, se refleja en cada línea de su diario. A menudo hacen reuniones donde leen fragmentos de esa novela alucinada y fabulosa, y las reacciones que obtienen les reafirman aún más en su empeño.

Las anotaciones sobre su día a día se suceden: 17 de octubre de 1934: En la tarde vino Ajmátova. La trajo Pilniak de Leningrado en su automóvil. Nos contó sobre la amarga suerte de Mandelstam. Hablamos de Pasternak. 8 de noviembre: Por la noche, estamos sentados entre nuestras desgracias. Misha me dictó la novela – la escena en el teatro. 29 de noviembre de 1934: Ayer, en la representación de Los Turbin, estuvieron Stalin, Kirov y Zhdánov. Fue lo que me dijeron en el teatro. Yanshin comentó que la función salió muy bien y que el secretario general aplaudió mucho al final del espectáculo. 10 de marzo: Otra vez donde Stanislavski. En la pequeña sala de ópera en la calle Leontievski. Stanislavski tomó por la manga del traje a Bulgákov y le dijo: “A usted hay que achantarlo”. Por lo visto le habían informado que Bulgákov se había enojado por su análisis ante los actores. Discutieron durante tres horas. 13 de mayo: Ensayo general de Iván Vasílevich, sin público… Hacia el final de la pieza, sin quitarse el abrigo, y con una gorra y un portafolio entre las manos, entró a la sala un fulano del Comité del Partido. De inmediato, la pieza fue prohibida.

En 1938 a Bulgakov le diagnostican nefroesclerosis hipertrófica, una enfermedad hereditaria de rápido desenlace. Poco a poco se fue quedando ciego y padeció de constantes dolores. Antes de ello le da tiempo a hacer una adaptación de El Quijote para el Bolshoi y coordinar su puesta en escena. A partir de ahí, el declive físico. Escribe y dicta, se aman y cuidan. Creyendo que su destino literario trasciende todo ese sufrimiento, llega 1940. Un pathos de deber se extiende durante sus últimos días. Extenuado, sigue dictándole a su esposa hasta que da por concluida la novela. El 10 de marzo de 1940, Elena alcanza a escribir: A las 16:39 murió Misha.

Tres.

Elena Serguéievna Nurenberg nació en 1893, en Riga (Letonia), en una familia descendiente de alemanes que se instalaron en Rusia en 1768, invitados por la Emperatriz Catalina Segunda. En 1918 se casó inesperadamente con Yuri Neelov, hijo de un famoso actor y ayudante del comandante del 18 ejército rojo Evgueni Alexandrovich Shilovski. Dos años después, en 1920, Elena abandona a Neelov y se casa con Shilovski. Tuvieron dos hijos, Eugueni (1921-1957) y Sergei (1926-1975).

Elena conoció a Mijail el 28 de febrero de 1929 durante una fiesta en casa de los pintores Moiseenko. Él, que en ese momento vivía solo, también había estado casado dos veces. Lo que sucedió después Bulgakov lo reflejó vivamente en su novela: “El amor nos asaltó como asalta un asesino en un callejón oscuro, dejándonos atravesados a ambos. Así atraviesa a uno un cuchillo o un relámpago.” Desde ese momento son conscientes de lo trágico de su situación, ella esposa de un gran jefe militar y madre de dos hijos, y Bulgakov, un escritor apenas conocido que vivía alquilado en un sótano y se ganaba la vida con trabajos provisionales. Elena relata en su autobiografía cómo, tras hablar Shilovski con Bulgakov en febrero de 1931, deciden no volver a verse. Promete a su marido que no aceptará ninguna carta de Bulgakov, ni saldrá sola a la calle ni contestará a sus llamadas de teléfono. La primera vez, después de veinte meses, que Elena salió sola a la calle, se encontraron. “No puedo vivir sin ti”, fue lo primero que le dijo Bulgakov. “Yo tampoco”, le contestó. Septiembre de 1932.

En octubre, un día después de firmar el divorcio con Shilovski, contrajeron matrimonio. Su hijo pequeño, Sergei, se va con ellos y Eugueni se queda con su padre, pero poco a poco crece su aprecio hacia Bulgakov y acaba pasando largas temporadas en aquel pequeño apartamento a pesar de las estrecheces. Elena escribe en su diario una frase de Mijail sin comentar nada más a continuación: “Todo el mundo estaba contra mí y yo estaba solo. Ahora estamos juntos y ya no le temo a nada.”




La mañana de su muerte, el escritor le confió a su esposa el manuscrito que escondían, diciéndole: “Te lo doy a ti, mi reina, mi estrella, el norte de mi vida terrenal”. Cinco días antes ella le había hecho el juramento sagrado de hacer lo posible para publicarla. Elena llevaba años protegiendo aquel único ejemplar de El Maestro y Margarita como el tesoro que sin duda es, mecanografíándola varias veces (manejaron hasta seis versiones). La imagen física de Margarita viene de ella: pelo oscuro, inmensos ojos verdes. Para él Elena es símbolo del amor y de la misericordia, y al mismo tiempo es símbolo de recuperación de la quietud tras haber vivido una vida llena de amarguras; es el reino de la Paz Eterna, es su Lazarillo y su justificación. “Disfruta de lo que nunca se te dio en vida, la calma (…) Dormirás con tu gorrito mugriento y eterno puesto, te dormirás con una sonrisa en los labios. El sueño te fortalecerá, empezarás a pensar sabiamente. Y nunca más te atreverás a echarme. Yo velaré tu sueño”. Así habla Margarita al Maestro al final de la novela, y Elena las apuntó al dictado de su marido enfermo semanas antes de morir.



Miail, Elena y el hijo mayor de ésta, Eugeni
Su primera “batalla” fue sobrevivir a la Segunda Guerra Mundial, inmersa en las dificilísimas condiciones de vida de los evacuados. Posteriormente, Elena hizo ingentes esfuerzos por publicar la obra de su marido, pero siempre chocaba con la negativa de las autoridades, para las que la obra de Bulgakov era ajena, poco comprensible y subversiva. Desesperada, incluso se atrevió a escribir una carta a Stalin: “…Al morir, Bulgakov me pidió escribirle a usted, confiando en que sabrá decidir si su obra tiene el derecho de llegar al lector…”. Nunca obtuvo respuesta.

A lo largo de esos años, Elena se gana la vida lo mejor que puede, revendiendo cosas y aceptando encargos como mecanógrafa y traductora del francés (novelas de Gustave Aimard, Julio Verne o André Maurois), Durante años El Maestro y Margarita circuló en copias (algo peligroso pues cada máquina de escribir estaba identificada), hasta que en los sesenta comenzaron a publicarse de nuevo sus textos gracias a los esfuerzos de Elena. El 7 de septiembre de 1962, en una carta de Elena dirigida al hermano de Mijail, Nikolai Bulgakov, escribió: "Estoy haciendo todo lo que puedo para que ni él, ni ninguna de sus líneas desaparezcan. Aún se sigue sin conocer su extraordinaria personalidad. Este es el propósito de mi vida. Se lo prometíi mucho antes de morir y creo que lo voy a conseguir." Ese mismo año apareció Apuntes de un joven doctor, en 1965 Dramas y comedias y, en la revista Nóvy Mir, la autobiográfica Novela teatral. En 1966 se publicó Prosa escogida. El Maestro y Margarita vio la luz, con un “retraso” de casi tres décadas y cien páginas menos, en 1966 en la revista Moskvá, (las omisiones aparecieron en samizdat) y Elena pudo deleitarse con el revuelo que causó, septuagenaria ya. Hasta el Archivo Estatal le compró todos los manuscritos que poseía para su mantenimiento y estudio. En 1967, la editorial Posev de Fráncfort la publicó completa, y no fue hasta tres años después de la muerte de Elena que apareció completa en ruso, en 1973.

Conmueve pensar que, sin Elena Serguéievna Bulgakova, ese manuscrito hubiese ardido y se habría perdido para siempre.


Anna Kovalchuk como Margarita en la adaptación de Vladimir Bortko
Coda:
La editorial Nevsky publicó la que se considera la versión definitiva de la novela de Bulgakov, en una edición primorosamente traducida por Marta Rebon, que descabalga a la de Debate en tapa dura de mi corazón (http://edicionesnevsky.com/collections/nevsky/products/el-maestro-y-margarita). En otro orden de cosas, en 2016 Moscú celebró el 125 aniversario del nacimiento del escritor con más de 400 eventos. En la casa donde estaba su apartamento está hoy un museo con su nombre. En los Estanques del Patriarca hay proyectado un monumento a Bulgakov, aunque ya hay varios murales pintados en diversos edificios, así como rutas a los lugares de la novela. También puedes tomar algo en el Café Margarita (en Malaya Bronnaya Ulitsa, 28) que rinde homenaje a Elena Serguéievna. Se han escrito óperas sobre ella y multitud de obras de teatro. Mick Jagger escribió la letra de Sympathy for the devil después de que Marianne Faithfull le regalase el libro en 1968. A Patti Smith le impactó tanto su lectura que escribió su disco de 2012, Banga, inspirado en él. La canción Pilate, de Pear Jam, así como Love and Destroy, de Franz Ferdinand, también deben su composición a Bulgakov. En 1970, los estudios cinematográficos Mosfilm adaptan la novela de Bulgakov La guardia blanca, titulada La huida, una superproducción de tres horas considerada una de las obras maestras del cine soviético, dirigida por Alexander Alov y Vladimir Aunov. Desde 1972 se han realizado al menos cinco largometrajes basados en El Maestro y Margarita, y llevan años especulando con una versión con John Malkovich en el papel del Maestro. En 2005 Vladimir Brotko realizó una espectacular y fabulosa serie de diez capítulos que, hasta la fecha, es la más fiel al libro.


martes, 17 de enero de 2017

Reseña de "La muñeca rusa" en el blog Readings in the North


Hace varios meses, la amable Isa Martínez publicó en su blog una reseña de "La muñeca rusa"... Esta es:

http://itissochic.weebly.com/b/la-muneca-rusa-de-juan-miguel-contreras#comments




"¿Qué piensa un hombre que contempla la Tierra desde el espacio, donde va a morir sin regresar? Nunca podremos saberlo, sin embargo, la historia no se detiene, e Irina Belokoneva, hija de ese cosmonauta perdido entre la Luna y la Tierra, es parte de ella.

Esta historia arranca con la entrada en 1968 de las fuerzas del Pacto de Varsovia en Praga. En un psiquiátrico de la ciudad, son testigos de ella el celador Milos Meisner e Irina. Ella ha ido a parar allí porque cuenta la extraña historia de su padre, un cosmonauta abandonado a su triste suerte en el limbo espacial; un relato que nadie puede ni quiere creer, salvo Milos Meisner."


En esta novela tenemos tres claros protagonistas, que en un principio podemos pensar que no tienen nada que ver. Pero después de terminar el libro te das cuenta de que tienen algo en común, la soledad. 

Milos Meiner es un escultor checo que ha viajado por diferentes lugares y ha vivido mucho. Praga, París y Almería han sido algunos de sus destinos. Vemos como vive la Primavera de Praga, vemos como acaba en un pueblo poco conocido de Almería. Milos es el hilo que une todas las historias de esta novela. Irina es una chica y es la hija de un cosmonauta perdido entre la Luna y la Tierra. Conocemos su historia gracias a que Milos se la cuenta al tercer protagonista. Este tercer protagonista es un librero, tiene su pequeña librería en ese pueblo poco conocido de Almería. Y vemos como intenta seguir adelante gracias a lo que vende a los turistas o a ciertos clientes fijos.

Milos es un artista solitario, Irina es una chica solitaria e incomprendida y el librero es un vendedor solitario. Por eso digo que tienen mucho en común, ya que los tres saben lo que es la soledad y los tres la viven de diferente forma. 

Comencé esta novela pensando que se centraría en la historia de ese cosmonauta perdido y no ha sido así. Menuda sorpresa al toparme con tres historias diferentes pero muy bien hiladas. Sin duda lo que más me gustó fue conocer la historia de Milos y su relación con el escritor Bohumil Hrabal. También resulta muy interesante conocer la historia del librero, de la enfermedad que tiene y la historia de su librería. Y por supuesto, la historia de Irina que te mantiene intrigada a lo largo de todas las páginas de la novela.

La muñeca rusa consigue que reflexiones desde sus primeras páginas. Te hace reflexionar sobre el tema del cosmonauta perdido, ¿cuántos habrá perdidos por el espacio y que ni siquiera nos enteramos? También hace que reflexiones sobre la vida y como en los momentos difíciles puedes encontrar a un gran apoyo. Milos fue un apoyo para Irina cuando llegó al psiquiátrico, el librero fue un apoyo para Milos cuando llegó a España. Personas que tienen sus propios problemas pero que no por eso te dan la espalda, todo lo contrario: están ahí para escucharte y para ayudarte en todo lo que puedan. 


Ha sido una novela diferente, con un punto de partida muy interesante (un cosmonauta desparecido en el espacio del que no se tiene conocimiento). Una novela con unos protagonistas muy interesantes a los que llegas a coger cariño. 

Al principio me costó un poco meterme en la historia, los nombres me tenían un poco despistada y me hice un poco de lío. Aunque tengo que reconocer que para mi fue una grata sorpresa encontrar en la primera página ya a un escritor, Bohumil Hrabal. Ese es otro detalle que me gustó mucho, el libro está cargado de referencias (tenéis aquí la entrada donde os enseño todo lo que me he apuntado). 


Una novela interesante que nos da a conocer a tres personajes y sus tres historias. Una novela que te hace reflexionar y que te hace cogerle cariño a los protagonistas. Una novela cargada de referencias tanto a libros y autores como a películas. La única pega fue que al principio me resultaron un poco confusos los nombres.

viernes, 13 de enero de 2017

Cinco contra uno (rescates). Un puñado de discos que me marcaron y que aún hoy sigo escuchando

Hace varios meses me escribió un amigo (desconocido apreciado y seguido de las redes sociales) para decirme que había escrito una reseña sobre mi novela "La muñeca rusa" y que un magazine digital la iba a publicar. Alex (que así se llama) y yo nos escribimos a menudo. Siempre con cierta educación y distancia, pero también a menudo con una extraña cercanía. Me hizo mucha ilusión, por supuesto, sobre todo porque me interesa muchísimo lo que Alex tenga que decir sobre la historia de Irina y Milos y lo que eso me haga repensar a mí sobre la misma. Me dijo que al director de dicho magazine le interesaría un breve escrito mío sobre una sección que tienen titulada "Cinco contra uno", es decir, cinco discos que te hayan marcado y un "díscolo" que te haya defraudado o  al que le tengas cierta tirria. Dije que sí, por supuesto. Estas cosas me hacen mucha ilusión y me las suelo tomar muy en serio. Además, tampoco quería defraudar a Alex, así que me puse. Se lo envié y me dijo que gustó. Como sé que los ritmos de edición en estas cosas son muy lentos, no quise pecar de impaciente y, puesto que la novela ha pasado, no ya sin hacer mucho ruido, sino sin hacer casi ninguno, y mi editorial, aunque heroica y voluntariosa como ninguna, no es importante (dentro de ciertos esquemas), sabía que igual la reseña y este artículo no salían. Bueno, han pasado seis meses y me he vuelto a encontrar el archivo de mis "cinco contra uno" mientras ordenaba una carpeta con textos y me ha dado penilla. Y digo penilla porque me lo pensé mucho y a la vez disfrute mucho escribiéndolo, así que lo rescato. Aún no sé cómo era la critica de Alex, y me he cansado de mirar la página del magazine como un histérico obsesivo o un niño aburrido en el asiento de atrás de un coche. Son cinco y uno, con su historia personal; seguramente si lo escribiera hoy serían otros cinco y uno distintos, o quizá no, quién sabe....



Cinco contra uno

The Cult. Electric.
Pongámonos en situación: Mediada la década de los ochenta. Un pueblo en el páramo manchego donde al kiosko, a lo sumo, llega, si llega, la revista Metal Hammer y la Superpop, y donde los jueves estaciona una furgoneta en el mercadillo municipal con vinilos y casetes de todo tipo (tirando a serie media). Durante meses ahorro lo que me da mi padre por currar en la lavandería y la propina de mi abuela los domingos para, aprovechando las dos semanas de vacaciones en un apartamento enano en la playa a finales de julio, cuando vamos a hacer la compra a un megahipermercado cerca de Alicante en primer día, visitar la sección de discos y gastarme toda la hucha. Verano del ’88. A punto de los catorce. Llevo una lista pero casi nunca encuentro lo que busco, así que tiro de oídas y me fio del orden en el que está colocado. Así descubro a Fleetwood Mac, Vanilla Fudge, Sleepy LaBeef, Love… The Cult me suenan, de la radio quizá, no lo sé, pero esa portada es magnética. La carpeta desplegable hace que aumente mi fascinación. Ahí están Astbury, Duffy, Stewart y Warner mirándome amenazantes y altivos. Leo por primera vez el nombre de Rick Rubin. Lo compro sin dudarlo un instante. He de esperar quince días para escucharlo porque allí no hay tocadiscos (no hay ni lavadora). Cuando al final lo hago, después de horas viendo esas fotos, sonrío como un idiota. Citar alguna canción es inútil. Quiero una guitarra y la quiero ya. Un disco que se abre con “Wild Flower” no puede ser malo. Un disco cuya cara A termina con “Bad Fun”, le das la vuelta y arranca la B con “King Contrary Man” pasa a convertirse en la coz que tu corazón necesita. “Love Removal Machine” del tirón y el “Born to be wild” más bruto y machacón que nunca he escuchado. Al llegar “Outlaw” estoy agotado… Pero aún está “Memphis Hip Shake”… Me arrastro como la canción… Termina y lo pongo de nuevo… Por un instante me siento invencible. Ese disco es sin duda lo que anuncia, eléctrico, y el nombre del grupo pasa a convertirse en mi culto; hasta hoy, cuando escucho Hidden City y me siguen emocionando igual.


091. El baile de la desesperación
Ahora que han resucitado y la justicia poética por una vez cumple lo que pregona, es de ley decir que este disco es fundamental. “La vida qué mala es”, “Este es nuestro tiempo”, “San Martín”, tres canciones para dejar claro que fueron únicos y que lo siguen siendo. Sólo ellos han igualado semejante trío inicial en sus dos discos posteriores. “Corazón Malherido” duele, y José Antonio canta como el puto amo una letra de Lapido que toma un lugar común y lo convierte en particular, sólo para ti. “La canción del espantapájaros”, la cual han desnudado en directo incidiendo en su cara dramática, siempre me ha gustado sin embargo más en esta versión, tan pop, tan resultona, tan jodida en el fondo. Es la virtud del rock, cantar las cosas más jodidas sobre una lozana base musical para conjurar los golpes de la vida. Las cinco canciones que quedan son una fuente y una declaración en sí mismas. “El baile de la desesperación”, “El lado oscuro de las cosas”, “Un camino equivocado”, “Un día cualquiera” y “Atrás”. Las guitarras por fin rujen como los Cero querían después de tantos años. Una producción algo deficiente (en comparación a lo que vino después) no borra la urgencia de unas canciones gloriosas en sí mismas. Los Cero demostraron que, lamentablemente, en este país, sólo era posible una retirada con la cabeza alta antes de perderla (en el olvido o el cheque). Sé que Tormentas Imaginarias es mejor, pero a mí me ganaron para siempre con este. Que los dioses salven a los Cero.


The Doors. L.A Woman.
Podía haber puesto cualquiera de la banda de Jim Morrison, pero he optado por el último. Con la misma estructura que su debut, cada cara del disco se cierra con una canción larga. Desde su inicio con la tremenda “The Changeling”, Morrison canta como nunca, su voz de barítono se ha endurecido por los excesos, convirtiéndose en un arma evocadora y punzante. “Love her madly” es una manzana envenenada, y “Been down so Long”, nada más empezar, te parte por la mitad. El bajo de Jerry Scheff da libertad a Manzarek para jugar con las canciones y a la vez seguir haciendo que su teclado sea la base de las mismas. Robbie está excelso, se gusta, y se nota. Desmore está elegante y deja de nuevo claro que no es un batería de rock de montón, sino un músico de jazz que toca rock, o un músico de rock que quiere tocar jazz, da igual. “Cars hiss by my window” es una vacilada sublime. “L.A. woman” vale toda una carrera: oda decadente que sirve de despedida a una ciudad bajo un manto rabioso y energizante de un grupo de instrumentistas en estado de gracia. “L’America” abre la cara B descolocando, psicodelia que no quiere dejar de tener sabor a blues. “Hyacinth house” tiene una letra gloriosa y premonitoria, y para mí es una de sus canciones más bonitas. La versión del tema de John Lee Hooker (“Crawling King Snake”) destierra una vez más todo rastro de vender a Jim como un Adonis pop. “The Wasp” es amarga porque deja entrever nuevos caminos por transitar de una banda que se estaba despidiendo sin querer ser consciente de ello (dicho tema es la base para “An American Prayer”). El cierre con “Riders on the Storm”, vista a través del famoso juicio de Miami (y lo que supuso no sólo para la historia del grupo sino como siniestra clausura de una década llena de acontecimientos históricos determinantes), es la canción perfecta, simple y llanamente es así, con Morrison relatándonos el porqué de todo lo que ha hecho y qué es lo que realmente han sido, ofreciéndonos una maravillosa letanía respaldado como nunca (y como siempre) por Ray, Robbie y John.


Jethro Tull. Thick as a Brick.
Más de media vida (mía) llevo escuchando este disco y no me canso ni un segundo. Sólo por eso merece figurar aquí. Ian Anderson, uno de los frontman definitivos, intentó un cuádruple salto mortal impulsado por la retranca de Monty Python y parió una maravilla que merece veinte años de escuchas y veinte más que le dedicaré. Presentación, idea, cover art, composición, ejecución, lírica, arreglos, todo es perfecto en este disco. El álbum total. Lo tomas o lo dejas. Obligatorio tenerlo en vinilo, ese es su mundo y su sentido. Las capas y los niveles en los que se mueve siguen siendo un misterio para mí. Siempre pienso que es más de lo que aparenta o capto. ¿Una broma, una genialidad, una boutade suprema? Para mí una de las cimas artísticas del siglo pasado. Y comercialmente encima les salió bien, lo cual nos obliga a mirar esos años con indudable nostalgia y sorpresa. Un disco de más de cuarenta minutos con una sola composición dividida en dos partes basado en un supuesto poema de un niño y envuelto en un ficticio periódico lleno de noticias brillantes, pasatiempos, horóscopo y obituarios incluidos. La letra es una maravilla críptica, tan desvergonzada como lúcida a la vez… “Really don´t mind if you sit this one out… My words but a whisper… your deafness a shout…”. Un grupo en estado de gracia remata todo. Martin Barre, John Evans, Jeffrey Hammond-Hammond y Barriemore Barlow respaldando a Anderson e impulsándolo todo bajo una mezcla de estilos y referencias apabullantes, sin respiro, sin un paso en falso, rematando la jugada los arreglos y dirección de un indispensable y digno de estudio (vital y musical) David Palmer. Lo siento, no puedo ser objetivo, amo este disco; he escrito centenares de páginas escuchándolo y dejándome llevar.


The Jayhawks. Tomorrow the green Grass.
Compré este disco después de escuchar “Blue” en “De 4 a 3”, de Paco Pérez Bryan en Radio 3, en 1995. Olson y Louris tocando el cielo. Nunca me arrepentiré. “I’d run away”, “Miss Williams guitar”, la preciosísima “Two Hearts”, “Real Light”, “Over my Shoulder”… Para cuando llega “Bad Time” ya estás sobre aviso, pero eso no te evita el subidón. Es increíble cómo esas voces se empastan y armonizan de ese modo, cómo la guitarra acústica se enreda con la electricidad de una Gibson SG, cómo tocan la fibra sin parecer pretenderlo. Y encima es una versión. La cara B sigue la estela, y cuando la calma parece haberse instalado con “Red Song”, como si el disco fuese a terminar con esa mirada crepuscular al desierto, llega la subida de “Ten Little Kids”. Big Star, CSNY, The Byrds, Gram Parsons… todo junto sonando con personalidad propia. Este disco me salvó la vida una noche de 2002 en un hospital en obras, lleno de cables y partido por la mitad. Me lo había grabado en una cinta en casa para escucharlo allí porque sabía que lo iba a necesitar. Aún usaba walkman. Cuando me fui de aquel lugar se lo regalé a una enfermera de la planta. “I could take a little hint from you, and I’d run away”.

Contra UNO.
Uriah Heep. Abominog

He estado tentado a entrar a saco y recordar lo estafado que me sentí cuando en su día compré “Usar y Tirar” de M-Clan o el primero de Los Planetas (y último para mí, su rollo no va conmigo), pero no. También he pensado en intentar explicar mi frustración ante los últimos discos a medio gas de Gov´t Mule o la complacencia del camello de Wilco. Tampoco quería hacer leña del árbol caído del madelman Lenny Kravitz (tremendo tocomocho). En tiempos tan fugaces como los de ahora es normal que haya bajones en las carreras de grupos longevos (lo que hizo Bowie en cinco años, del 69 al 74, o Janis Joplin en tres, no lo volveremos a ver jamás, pero tampoco podemos pedirle a grupos actuales que ya llevan quince o veinte años, el mismo ardor guerrero de sus primeros años). Así que tiro de disco con trampa…y termino como empecé. Pongámonos en situación: Mediada la década de los ochenta. Un pueblo en el páramo manchego donde al kiosko, a lo sumo, llega, si llega, la revista Metal Hammer y la Superpop, y donde los jueves estaciona una furgoneta en el mercadillo municipal con vinilos y casetes de todo tipo (tirando a serie media). Sin saber quién me había suscrito, a mi casa llegaba el boletín del Discoplay. Empiezo a crear mi discoteca lo mejor que puedo, a base de oídas, intuición y casetes grabadas en el patio del colegio. Tiro de primeras impresiones con las portadas del BID. La de Uriah Heep con Abominog me llama la atención mes tras mes, pero me da miedo, literalmente, y lo voy dejando. Me espero el infierno tras ese diablo rabioso. Mi vecino del tercero me pasa Ride the Lighting de Metallica y Holy Diver de Dio. Mi mundo se llena de tachuelas; los logos de Maiden, Overkill, Raven o Anthrax son cincelados en mi carpeta estudiantil. Ahorro un poco y me pido por fin el de Uriah Heep… Llega a casa, lo pincho y… efectivamente, el pinchazo fue antológico. Teclados de la época y melodías almibaradas no me dejan apreciar las virtudes que esconden sus surcos. Maldigo cada peseta invertida, miro esa carpeta diabólica y no entiendo nada… Llega la tercera canción (“On the Rebound”) y me rindo definitivamente; no debería, pero la juventud es vehemente y yo creo querer otra cosa. Levanto la aguja y lo guardo entre maldiciones gitanas. Ese fue mi primer desencanto de muchos, y si lo rememoro es porque, curiosamente, ahora es un disco que me encanta y escucho bastante, incluso más que sus magnas obras de los setenta. Igual soy yo, que me he enmoñado a pasos agigantados, pero este es uno de los casos en los que la espera y la paciencia han tenido su recompensa. “Too scared to run”, “Chasing shadows” o “Think it over” me parecen temazos. El trabajo vocal de Peter Goalby es digno de mención, en la estela del enorme Lou Gramm. Mierda, echo en falta cantantes así. El regreso a Uriah Heep de Lee Kerslake, trayéndose de paso a un inmenso Bob Daisley, tras su aventura con Ozzy (y menuda aventura), recargó las pilas del eterno Mick Box. Ya lo dijo Willie Dixon, nunca juzgues un libro por su portada… 
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