lunes, 8 de enero de 2018

Confesiones de un amo de casa frustrado, capítulo 7



Hace varios días tenía muy claro cómo sería esta séptima confesión; ahora que empiezo a teclear no estoy tan seguro. Recuerdo cuando era niño y hacía cola para confesarme en la iglesia y repasaba las cosas que había hecho y que se podían considerar pecado, hasta que me aburrí de decir siempre las mismas. Faltar a mis padres, mentir un poco, discutir con mis amigos y tocarme. Había semanas en las que quitaba una y ponía otra. Al cabo de unos meses de haber hecho la primera comunión, aquel acto me empezó a parecer ridículo, aquel cura con olor a tabaco parecía aburrirse tanto como yo, además siempre me ponía la misma penitencia, resultando obvio que nunca arreglaría lo que no tiene arreglo (ser humano, mis pecados nunca han sido capitales) y puesto que con lo de arrepentirme ya tenía yo bastante sin que él me dijese nada, cuando se me pasó el desolado amor que le profesaba a una de las chicas del coro, dejé de ir a la iglesia, aunque nunca de "confesarme", evidentemente.


Y aquí sigo, dando vueltas mientras mi cabeza hace recuento para ver qué cuento. Este medio año que ha acabado ha sido extraño en cuanto a trabajo, saltando de una cosa a otra, organizando la intendencia de casa alrededor de mis esporádicos trabajos y el de mi mujer. Hace un mes que se me acabó mi último contrato, bibliotecario, y en uno de esos meses en lo que el ritmo de casa de acelera, diciembre, con el puente, el fin del trimestre escolar, la navidad, fin de año... mi inmersión en mi rol de amo de casa ha sido bastante completo.

La R.A.E. contempla el término "amo de casa"; no ayuda pero algo consuela. En absoluto me lamento de mi situación, al contrario, de demasiadas cosas me estoy dando cuenta. Mi situación me hace revivir la práctica totalidad de mi vida a la luz de mi vida actual. No la elegí, no la elegimos mi mujer y yo, pero nos hemos hecho a ella y, posiblemente, estamos vivos como pareja gracias a ello, con lo bueno y lo malo que eso puede tener. Quizá nos haga falta sentarnos a hablar de ello mirándonos a los ojos, pero tampoco eso es determinante ni da a entender nada negativo, sobre todo porque nos hace falta sentarnos a hablar de todo, nos falta sentarnos a hablar, nos falta sentarnos, nos falta... Nos falta que la vida no nos pase por encima mientras intentamos salvar los trastos, los nuestros y los que otros nos tiran a la cabeza. Mi rol, mi vida, mi hercúlea vida (nuestra heroica y proletaria vida) sería a veces más llevadera si no se viese juzgada por algún que otro indeseable, de esos que de cara a la galería son todo amor y understanding para con el mundo y luego resulta que te llaman vago porque no trabajas e incluso lo escriben a boli en el ascensor de tu casa... Yo, que hace unos años me intenté redimir abrazando a mi madre dándole las gracias porque sentí en mis ojeras, mi espalda, mi cabeza, mi estar al borde del ataque de nervios aquello que durante toda su vida ella había estado haciendo por nosotros, dejarse la vida por tener un hogar digno de ese nombre para mi padre, mis hermanas y para mí. Recuerdo muchas veces aquel apartamento donde íbamos dos semanas de vacaciones cuando éramos pequeños y escuchaba a mi madre lamentarse de que vaya mierda de vacaciones eran esas que íbamos a un apartamento sin lavadora, y ahí la tenías, lavando a mano bragas y calzoncillos mientras preparaba la comida, porque aunque era verano y andábamos medio en pelotas todo el día, algo ensuciábamos. Y así todo. Y también llamé a mi tía y le di las gracias, y hubiera llamado a Mari, una amiga de mi madre, y hubiera llamado y llamado... Pero para algunos soy un vago porque no encuentro trabajo, y me tengo que callar sobre la angina de pecho bajando una lavadora de un segundo el año pasado, me callo de aquel trabajo en la fábrica que me duró mes y medio, el tiempo que a quien suplía estuvo de baja, mis tres meses de rotatorios de la bolsa de auxiliar de biblioteca (a ojos de, un trabajo donde me toco las pelotas, claro), me callo de mis esporádicos artículos pagados muy de vez en cuando, me callo sobre esa pequeña colaboración en un programa de radio, me callo y no digo nada de mi discapacidad reconocida (y tan poco visible)... Solamente un detalle: La última entrada de este blog antes de estas palabras es de octubre de 2017, en un año con 10 entradas. Por eso me produce gracia decir que mi vida es escribir; pero lo que soy es escribir, lo que me define es arañar horas al sueño para garabatear palabras, para colarme en las rendijas de la vida y escribir sobre otras vidas, otros que no soy yo o que tal vez sean yo más aún de lo que yo mismo nunca podré llegar a ser. Sin embargo mi vida transcurre entre hacer desayunos, hacer camas, recoger, poner lavadoras, planchar, barrer, quitar el polvo, preocuparme de que el frigorífico esté medianamente lleno y la comida preparada para cuando todos vuelvan, del instituto, del colegio, del trabajo; mi vida es fregar, preparar meriendas, ayudar a hacer la tarea mientras llega la hora de las duchas, preparar la cena, recoger, acompañar a la cama, leer antes de dormir, arropar, besar y entonces, solo entonces, mirarme al espejo y ver cómo de mi cabeza salen en tromba todas esas miles de frases que no podré escribir nunca, por cansancio, por pereza, por derrota. Mi vida no es ni más ni menos que idéntica a la de otro montón de millones, y me siento contento con ello.


Del mismo modo, he de confesar que he llegado al punto perfecto, aquel en el que mi cabeza vive en la más pura de las ficciones. Durante todo el día mi cabeza crea historias, relatos, párrafos geniales, apuntes para novelas nuevas que nunca escribiré, artículos... No son ideas, no son borradores, no son diagramas de tramas, sino que son palabras, palabras, solo palabras creando frases. Durante el día me pierdo en narrar, mi cabeza se zambulle en frases que tejo plancha en mano, estirando sábanas, pochando cebolla o eligiendo plátanos mientras calculo cómo de verdes debo cogerlos teniendo en cuenta cuándo creo que se los vayan a comer. Ese tío cano medio calvo algo dejado que va por el  Mercadona mirando la fecha de caducidad de los yogures de coco resulta que igual está hilvanando en su cabeza una frase resultona que nadie leerá jamás, ni siquiera él mismo. Ese tío que sonríe feliz cuando a las dos sale su pequeño hijo del cole igual ha estado aguantándose las lágrimas media hora antes al escuchar una oferta laboral de una empresa dedicada a insertar discapacitados, o al leer una nueva carta de rechazo editorial, o la nueva lista de becas a Praga de la Unesco donde (de nuevo, por quinto año) su nombre no aparece, o igual viene del médico, que le ha dicho que su corazón ya no está para muchos trotes pero que la válvula aguanta bien. Da igual. La cosa va por otro lado, lo importante va por otro lado. Lo antropológico va por otro lado. Esto no va de alguien haciendo proselitismo barato del género masculino que ayuda en casa, no, ni siquiera es una hipócrita alabanza a las sumisas mujeres que históricamente han cuidado de su hogar. Esto va, simple y llanamente, de la perplejidad con la que nos enfrentamos a algo que debería ser normal pero que nos hacer creer que es malo, o la perplejidad con la que me enfrento, será mejor que hable en singular, perplejidad ante el hecho de haber asumido como natural una idea de la productividad y de la plusvalía relacionada solamente con el mercado laboral, olvidando el hecho de que somos seres que se relacionan, que crean vínculos y que se unen en reducidos grupos llamados familias, sean como sean, y que la argamasa que une esas familias (las formen quien las formen, siempre y cuando su unión haya sido libre, tengan pene y vagina, dos penes, cuatro pechos, dos vulvas o cuatro penes) son a su vez parte de la misma y que igual no, igual no es tan normal verse obligado a delegar los cuidados de sus miembros en otras personas ajenas a ese vínculo por culpa de un mercado laboral que dice que solamente dentro de él uno se puede realizar como persona. No recuerdo que mi madre se sintiese irrealizada mientras cuidaba de nosotros como una jabata o una diosa griega, igual un poco si cuando ya fuimos mayores y más independientes, pero tendría que preguntarle, y ella, de natural introvertida, me dijera qué le gustaría haber sido y no fue. Igual el problema es de un sistema que ha normalizado salarios de mierda que obligan a todos los miembros de un núcleo familiar en edad de trabajar a vender su fuerza de trabajo para afrontar los gastos generales para poder vivir, estudiar o lo que sea. Igual el problema no está en la reivindicación del matriarcado o del feminismo, o de la liberación laboral de la mujer (que también) pero a lo mejor el problema estriba en que no es la mujer, o la familia, la que tiene que adaptarse al sistema capitalista, sino que debería ser el capitalismo el que debería adaptarse (o deberíamos obligarlo a adaptarse) a la familia, al feminismo y al matriarcado. Pero, claro, si hay gente que piensa que hay algunas mujeres que no trabajan y viven como marquesas mientras su parejas se desloman, si encima eres hombre ya ni te cuento lo que eres. Ahora bien, esas apreciaciones nunca se las oirás a una mujer, al menos a ninguna mujer con dos dedos de frente (de mujer), pero sí a un hombre, sí lo oirás de tu vecino, del tendero, del informático, del alcalde, del ministro y de los medios de comunicación que dirigen hombres (y mujeres masculinizadas económicamente). No estoy orgulloso de ser lo que soy, no solo porque a veces esté cansado, porque piense que me podrían ayudar más o porque me gustaría tener algo de tiempo para mí (ir a la piscina una hora dos días a la semana, menudo lujo...), no; digo que no estoy orgulloso de ser un amo de casa simplemente porque estoy haciendo lo que tengo que hacer. Orgulloso estoy de mi mujer, que se deja la vida trabajando donde trabaja, de mi hijo que crece feliz y de mi hijastra que bastante tiene con lo que tiene (pubertad mediante). Yo me conformo con pelear como puedo con mi frustración literaria, con mi crisis de los cuarenta, mis fatigas, mi a veces lastimera queja por no haber sabido aprovechar las oportunidades que no supe ver, me conformo con mis contratitos laborales que crean más caos en casa que aumentan la cuenta corriente y que creo que son el hilo que aún me conecta con un mercado laboral empeñado en rechazar a mozalbetes tristes como yo. A menudo le digo a mi mujer que me salva saber que mi cuerpo no llegará a la edad de la jubilación, y que eso me libra de amargarme con el tema de mi tiempo cotizado; sé que a ella no le gusta oírlo, y que sufre con ello, pero es una de las maneras que tengo de conjurar mis achaques y poder encarar los malos vientos que nos acechan, y necesito vestir de sarcasmo a mi pena. De momento lo llevo bien, nunca me atreveré a decir que estoy mal; cansado sí, lo digo mucho, pero esa letanía ya forma parte de la larga estirpe de la que formo parte y de la que me queda tanto por aprender.  (Ejemplo de esto: aquí). He de darme prisa, los pequeños crecen muy deprisa y el tiempo vuela, sobre todo para aquellos que, como yo, han llegado relativamente tarde a la paternidad (en comparación con décadas pasadas).


Evidentemente podría hacer más: podría escribir más, podría leer más, podría hacer más ejercicio, podría dibujar más, podría hacer más manualidades, podría incluso aprender a tocar el piano, podría hacer mil cosas, pero no las hago por la misma razón por la que no hago más el amor con mi mujer, porque la vida, hoy, ahora, en estos momentos, mi vida es otra cosa y muchas, muchas variables tienen que confluir en el mismo punto para poder hacerlas. Mentiría si dijera que no deseo escribir más, mentiría si dijera que conseguir publicar dos novelas y un libro de relatos en 14 años no me parece pírrico, cuanto no penoso. Pienso que haber escrito en 20 años lo que he escrito me parece muy poco (eso si me atengo solamente a lo literario, dejaré para otro día los "otros" logros), pero es lo que hay, vivo donde vivo, alejado de donde se cuece la literatura y donde hay que estar para poder ser tenido en cuenta como aspirante. Sé que ya tengo una edad y muchas rarezas (que no son más que torpezas, principios enquistados por el tiempo), sé que me falta talento para poder llegar a escribir una novela que deslumbre venga de donde venga, pero poder hacer unas sabrosas lentejitas o planchar decentemente mientras canto a The Sonics me llena, hoy por hoy, más que dejarme literalmente la vida en trabajos alienantes pésimamente pagados o darle brillo a mis perfiles en redes sociales, y digo esto último porque una editorial "grande" ha estudiado dichos perfiles para llegar a la conclusión de que no soy lo que buscan y han tenido el cuajo de decírmelo por mail a la hora de rechazar mi último manuscrito.


Si hay alguien por ahí fuera al que aún le interese esta mierda de blog medio abandonado, pedirle disculpas por el desolador ritmo de confesiones de este "major Tom", amo de casa frustrado y frustrante, pero hago lo que puedo, Cinderella mía, que mira qué hora es y en cinco horas toca la alarma.

1 comentario:

Gonzalo Aróstegui Lasarte dijo...

Menos mal que la entrada no tiene diez mil palabras más, que me tendrías enganchado toda la mañana.

Un abrazo.

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